La Predestinación y la Soberanía de Dios

Autor: R. C. Sproul


En nuestro conflicto a lo largo de la doctrina de la predestinación, debemos comenzar con una clara comprensión de lo que significa la palabra. Aquí afrontamos dificultades inmediatamente. Nuestra definición está a menudo influida por nuestra doctrina. Podríamos esperar que si recurriéramos a una fuente neutral para nuestra definición -una fuente como el diccionario de Webster- evitaríamos tal prejuicio. No tenemos tal suerte. (O, debiera decir, tal providencia.) Consideremos los siguientes artículos en el Webster’s New Collegiate Dictionary.

Predestinado: destinado o determinado de antemano; preordenado a una suerte o destino terrenal o eterno por decreto divino.

Predestinación: la doctrina de que Dios, consecuentemente con su presciencia de todos los eventos, guía infaliblemente a los que están destinados para salvación.

Predestinar: destinar, decretar, determinar, designar o establecer de antemano.

No estoy seguro de cuánto podemos aprender de estas definiciones del diccionario, aparte de que Noah Webster debe de haber sido luterano. Lo que podemos deducir, sin embargo, es que la predestinación tiene algo que ver con relación a nuestro destino final, y que algo se hace acerca de ese destino por parte de alguien antes que neguemos allí. El pre de predestinación se refiere al tiempo. Webster habla de “antemano”. Destino se refiere al lugar a donde vamos, como vemos en el uso normal de la palabra destino.

Cuando llamo a mi agente de viajes para reservar un vuelo, pronto surge la pregunta: “¿Cuál es su destino?” A veces, la pregunta se expresa de forma más simple: “¿A donde va usted?” Nuestro destino es el lugar a donde vamos. En teología se refiere a uno de dos lugares; o bien vamos al cielo, o vamos al infierno. En cualquiera de los dos casos no podemos cancelar el viaje. Dios sólo nos da dos opciones finales. La una o la otra es nuestro destino final. Aun el catolicismo romano, que tiene otro lugar al otro lado de la tumba, el purgatorio, considera éste como una parada intermedia a lo largo del viaje. Sus viajeros siguen la ruta local, mientras que los protestantes prefieren la ruta directa.

Lo que la predestinación significa, en su forma más elemental, es que nuestro destino final, el cielo o el infierno, está decidido por Dios no sólo antes de llegar allí, sino aun antes de que nazcamos. Nos enseña que nuestro destino final está en las manos de Dios. Otra forma de decirlo es ésta: Desde toda la eternidad, antes de que viviésemos, Dios decidió salvar a algunos miembros de la raza humana y dejar que el resto de la raza humana pereciera. Dios hizo una elección: escogió algunos individuos para ser salvados y gozar de eterna bienaventuranza en el cielo, y escogió pasar por alto a otros, dejarles seguir las consecuencias de sus pecados en el tormento eterno del infierno.

Esta es una afirmación dura, cualquiera que sea la forma en que la enfoquemos. Nos preguntamos: “¿Tienen algo que ver nuestras vidas individuales con la decisión de Dios? Aun cuando Dios haga su elección antes de que nazcamos, Él conoce aun todo acerca de nuestras vidas antes que las vivamos. ¿Toma Él en consideración ese conocimiento previo de nosotros cuando toma su decisión?” La forma en que respondamos a esa última pregunta determinará si nuestra idea de la predestinación es reformada o no. Recordemos que anteriormente afirmamos que prácticamente todas las iglesias tienen alguna doctrina de la predestinación. La mayoría de las iglesias está de acuerdo en que la decisión de Dios es tomada antes que nazcamos. La cuestión radica en la pregunta: “¿Sobre qué base toma Dios esa decisión?”

Antes de comenzar a responder eso, debemos clarificar un punto más. Frecuentemente, la gente piensa acerca de la predestinación con respecto a cuestiones cotidianas acerca de accidentes de tráfico y cosas parecidas. Se preguntan si Dios decretó que los yanquis ganaran el campeonato mundial o si el árbol cayó sobre su automóvil por un decreto divino. Aun las pólizas de seguros tienen cláusulas que se refieren a los “actos de Dios”.

Cuestiones como éstas se tratan normalmente en teología bajo el epígrafe de la Providencia. Nuestro estudio enfoca la predestinación en el sentido estricto, restringiéndola a la cuestión final de la salvación o condenación predestinadas, lo que llamamos elección y reprobación. Las otras cuestiones son interesantes e importantes, pero están fuera de los límites de este libro.


LA SOBERANÍA DE DIOS.
En la mayoría de las discusiones acerca de la predestinación, existe una gran preocupación acerca de proteger la dignidad y libertad del hombre. Debemos también observar la importancia crucial de la soberanía de Dios. Si bien Dios no es una criatura, Él es personal, con una dignidad y libertad supremas. Somos conscientes de los intrincados problemas que rodean la relación entre la soberanía de Dios y la libertad humana. Debemos también ser conscientes de la estrecha relación entre la soberanía y la libertad de Dios. La libertad de un soberano es siempre mayor que la libertad de sus súbditos.

Cuando hablamos de la soberanía divina, estamos hablando acerca de la autoridad de Dios y el poder de Dios. Como soberano, Dios es la suprema autoridad del cielo y la Tierra. Toda otra autoridad es una autoridad inferior. Cualquier otra autoridad que exista en el universo se deriva y es dependiente de la autoridad de Dios. Todas las demás formas de autoridad existen bien por el mandato de Dios o con el permiso de Dios.

La palabra autoridad contiene dentro de sí la palabra autor. Dios es el autor de todas las cosas sobre las cuales tiene autoridad. Él creó el universo. Es el propietario del universo. Su propiedad le da ciertos derechos. Puede hacer con su universo lo que agrade a su santa voluntad. Asimismo todo poder en el universo fluye del poder de Dios. Todo poder en este universo está subordinado a Él. Aun Satanás carece de poder sin el soberano permiso de Dios para actuar.

El cristianismo no es dualismo. No creemos en dos poderes finales iguales entablando una lucha eterna por la supremacía. Si Satanás fuese igual a Dios, no tendríamos confianza ni esperanza alguna de que el bien triunfase sobre el mal. Estaríamos destinados a un eterno equilibrio entre dos fuerzas iguales y opuestas. Satanás es una criatura. Sin duda, es malvado, pero aun su maldad está sometida a la soberanía de Dios, como lo está nuestra propia maldad. La autoridad de Dios es final; su poder es omnipotente. Él es soberano.

Uno de mis deberes como profesor de seminario es enseñar la teología de la Confesión de Fe de Westminster. La Confesión de Westminster ha sido el documento confesional central del presbiterianismo histórico. Expresa las doctrinas clásicas de la Iglesia Presbiteriana.

En cierta ocasión, mientras enseñaba en este curso, anuncié a mi clase nocturna que la siguiente semana estudiaríamos la sección de la confesión que trata de la predestinación. Puesto que la clase nocturna estaba abierta al público, mis estudiantes se precipitaron a invitar a sus amigos para la jugosa discusión. La siguiente semana la clase estaba abarrotada de estudiantes e invitados. Comencé la clase leyendo los primeros renglones del capítulo 3 de la Confesión de Westminster:

Dios, desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede.

Detuve la lectura en ese punto. Pregunté: “¿Hay alguien en esta clase que no crea las palabras que acabo de leer?” Se levantó una multitud de manos. Entonces pregunté: “¿Hay algunos ateos convencidos en la habitación?” Ninguna mano se levantó. Entonces dije algo ofensivo: ‘Todos los que levantaron la mano a la primera pregunta deberían haber levantado la mano a la segunda pregunta.” Mi afirmación fue recibida por un coro de murmullos y protestas. ¿Cómo podía yo acusar a alguien de ateísmo por no creer que Dios preordena todo lo que sucede? Los que protestaron contra estas palabras no estaban negando la existencia de Dios. No estaban protestando contra el cristianismo. Estaban protestando contra el calvinismo.

Traté de explicar a la clase que la idea de que Dios preordena todo lo que sucede no es una idea peculiar al calvinismo. No es ni siquiera peculiar al cristianismo. Es simplemente un principio del teísmo: un principio necesario del teísmo. Que Dios, en algún sentido, preordena todo lo que sucede es un resultado necesario de su soberanía. En sí mismo no arguye a favor del calvinismo. Solamente declara que Dios es absolutamente soberano sobre su creación. Dios puede preordenar las cosas de diferentes maneras. Pero todo lo que sucede debe, al menos, suceder con su permiso. Si Él permite algo, entonces debe decidir permitirlo. Si decide permitir algo, entonces en un sentido lo está preordenando. ¿Quién, entre los cristianos, argumentaría que Dios no podría impedir que ocurriese algo en este mundo? Si Dios así lo desea, tiene poder para parar el mundo entero.

Decir que Dios preordena todo lo que sucede es decir simplemente que Dios es soberano sobre toda su creación. Si algo pudiera suceder aparte de su permiso soberano, entonces lo que sucediese frustraría su soberanía. Si Dios rehusara permitir que algo sucediera y sucediese a pesar de todo, entonces cualquiera que fuese lo que lo hizo suceder tendría más autoridad y poder que Dios mismo. Si hay alguna parte de la creación fuera de la soberanía de Dios, entonces Dios, simplemente, no es soberano. Si Dios no es soberano, entonces Dios no es Dios.

Si hay una sola molécula en este universo que esté suelta y totalmente libre de la soberanía de Dios, entonces no tenemos garantía de que ni una sola promesa de Dios se cumpla jamás. Quizá esa molécula indómita destruya los grandes y gloriosos planes que Dios ha hecho y nos ha prometido. Si un grano de arena en el riñón de Oliver Cromwell cambió el curso de la historia de Inglaterra, así nuestra indómita molécula podría cambiar el curso de toda la historia de la redención. Es posible que una molécula sea lo que le impida a Cristo regresar.

Hemos oído la historia: Por falta de un clavo se perdió la herradura; por falta de la herradura se perdió el caballo; por falta del caballo se perdió el jinete; por falta del jinete se perdió la batalla; por falta de la batalla se perdió la guerra. Recuerdo mi angustia cuando oí que Bill Vukovich, el mejor piloto de su época, se mató en un accidente en las 500 millas de Indianápolis. Posteriormente se descubrió que el fallo se debió a un pasador que costaba 10 centavos. Bill Vukovich controlaba de manera asombrosa los coches de carreras. Era un magnífico conductor. Sin embargo, no era soberano. Una pieza de ínfimo valor le costó la vida. Dios no tiene que preocuparse de que haya pasadores de 10 centavos que arruinen sus planes. No existen moléculas indómitas moviéndose libremente. Dios es soberano. Dios es Dios.

Mis estudiantes comenzaron a ver que la soberanía divina no es un asunto peculiar al calvinismo, ni siquiera al cristianismo. Sin soberanía, Dios no puede ser Dios. Si rechazamos la soberanía divina, entonces debemos abrazar el ateísmo. Este es el problema que todos afrontamos. Debemos aferrarnos con todas nuestras fuerzas a la soberanía de Dios. Sin embargo, debemos hacerlo de tal manera que no violemos la libertad humana.

En este punto debería hacer para el lector lo que hice para mis estudiantes en la clase nocturna: Terminar la declaración de la Confesión de Westminster. La declaración completa dice lo siguiente:

“Dios, desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede; y sin embargo, de tal manera que ni Dios es el autor del pecado, ni hace violencia a la voluntad de las criaturas, ni quita la libertad o contingencia de las causas segundas, sino que las establece”.

Nótese que, mientras que afirma la soberanía de Dios sobre todas las cosas, la confesión también afirma que Dios no hace violencia o viola la libertad humana. La libertad humana y el mal están bajo la soberanía de Dios.


LA SOBERANÍA DE DIOS Y EL PROBLEMA DEL MAL
Sin duda alguna, la cuestión más difícil de todas es cómo el mal puede coexistir con un Dios que es totalmente santo y totalmente soberano. Me temo que la mayoría de los cristianos no se dan cuenta de la profunda severidad de este problema. Los escépticos llaman este asunto el “talón de Aquiles del cristianismo”. Recuerdo vividamente la primera vez que sentí el dolor de este espinoso problema. Yo era nuevo en la facultad y había sido cristiano durante unas semanas solamente. Estaba jugando al pimpón en el salón del dormitorio de hombres cuando, en mitad de una bolea, me sobrevino el pensamiento: Si Dios es totalmente justo, ¿cómo puede haber creado un universo donde está presente el mal? Si todas las cosas proceden de Dios, ¿no procede de El también el mal?

Entonces, como ahora, me di cuenta de que el mal era un problema para la soberanía de Dios. ¿Se introdujo el mal en el mundo contra la voluntad soberana de Dios? En ese caso, El no es absolutamente soberano. Si no, debemos concluir que en algún sentido aun el mal ha sido preordenado por Dios. Durante años busqué la respuesta a este problema, explorando las obras de teólogos y filósofos. Encontré algunos intentos ingeniosos de resolver el problema, pero, hasta ahora, nunca he encontrado una respuesta plenamente satisfactoria.

La solución más común que oímos para este dilema es una simple referencia al libre albedrío del hombre. Oímos afirmaciones tales como: “El mal se introdujo en el mundo por el libre albedrío del hombre. El hombre es el autor del pecado, no Dios.” Sin duda, esa afirmación encaja con el relato bíblico del origen del pecado. Sabemos que el hombre fue creado con libre albedrío y que el hombre libremente escogió pecar. No fue Dios quien cometió el pecado, fue el hombre. El problema, sin embargo, aún persiste. ¿De dónde sacó el hombre la más mínima inclinación a pecar? Si fue creado con algún deseo de pecar, entonces se arroja una sombra sobre la integridad del Creador. Si fue creado sin deseo alguno de pecar, entonces debemos preguntar de dónde vino ese deseo.

El misterio del pecado está ligado a nuestro entendimiento del libre albedrío, el estado del hombre en la creación y la soberanía de Dios. La cuestión del libre albedrío es tan vital para nuestro entendimiento de la predestinación que dedicaré un capítulo entero al tema. Hasta entonces restringiremos nuestro estudio a la cuestión del primer pecado del hombre. ¿Cómo pudieron caer Adán y Eva? Ellos fueron creados buenos. Podríamos sugerir que su problema fue la astucia de Satanás. Satanás los engañó. Los embaucó para que comiesen del fruto prohibido. Podríamos suponer que la serpiente fue tan aduladora que embaucó totalmente a nuestros primeros padres.

Esta explicación conlleva varios problemas. Si Adán y Eva no se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, si fueron totalmente embaucados, entonces el pecado habría sido todo de Satanás. Pero la Biblia deja claro que, a pesar de su astucia, la serpiente habló desafiando directamente el mandamiento de Dios. Adán y Eva habían oído a Dios promulgar su prohibición y advertencia. Oyeron a Satanás contradiciendo a Dios. La decisión estaba clara ante ellos. No podían apelar a la astucia de Satanás para excusarse.

Aun si Satanás no hubiera sólo embaucado sino forzado a Adán y Eva a pecar, aún no estamos libres de nuestro dilema. Si hubieran podido decir con razón: “El diablo nos hizo hacerlo”, aún tendríamos que afrontar el problema del pecado del diablo. ¿De dónde procede el diablo? ¿Cómo consiguió caer de la bondad? Tanto si estamos hablando de la Caída del hombre o de la caída de Satanás, estamos tratando aún el problema de criaturas buenas que se vuelven malas.

Oímos la explicación “fácil” de que el mal vino a través del libre albedrío de la criatura. El libre albedrío es algo bueno. El que Dios nos diera libre albedrío no hace recaer la culpa sobre Él. En la creación, al hombre le fue dada la capacidad para pecar y la capacidad para no pecar. El escogió pecar. La cuestión es: “¿Por qué?” Aquí es donde reside el problema. Antes que una persona pueda cometer un acto de pecado, debe tener primero un deseo de realizar ese acto. La Biblia nos dice que las malas acciones fluyen de los malos deseos. Pero la presencia de un deseo malo es ya pecado. Pecamos porque somos pecadores. Nacimos con una naturaleza de pecado. Somos criaturas caídas. Pero Adán y Eva no fueron creados caídos-. No tenían una naturaleza de pecado. Eran criaturas buenas con libre albedrío. Sin embargo, escogieron pecar. ¿Por qué? No lo sé. Ni he encontrado aún a alguien que lo sepa.

A pesar de este intrincado problema, debemos afirmar aún que Dios no es el autor del pecado. La Biblia no revela las respuestas a todas nuestras preguntas. Revela la naturaleza y el carácter de Dios. Una cosa es absolutamente impensable: que Dios pudiera ser el autor o realizador del pecado. Pero este capítulo trata de la soberanía de Dios. Nos queda aún por responder la pregunta de que, dado el hecho del pecado humano, ¿cómo se relaciona éste con la soberanía de Dios? Si es cierto que, en algún sentido, Dios preordena todo lo que sucede, entonces se sigue sin duda que Dios debe de haber preordenado la entrada del pecado en el mundo. Eso no quiere decir que Dios obligara a que ocurriera, o que impusiera el mal a su creación. Lo único que significa es que Dios debe de haber decidido permitir que ocurra. Si no permitió que ocurriese, entonces no podía haber ocurrido, pues de otra forma no sería soberano.

Sabemos que Dios es soberano porque sabemos que Dios es Dios. Por tanto, debemos concluir que Dios preordenó el pecado. ¿Qué otra cosa podemos concluir? Debemos concluir que la decisión de Dios de permitir que el pecado entrase en el mundo fue una buena decisión. Esto no quiere decir que nuestro pecado es realmente algo bueno, sino meramente que el que Dios nos permita cometer el pecado, que es malo, es algo bueno. El que Dios permita el mal es bueno, pero el mal que Él permite es aún mal. La implicación de Dios en todo esto es perfectamente justa. Nuestra implicación en ello es inicua. El hecho de que Dios decidiese permitirnos pecar no nos absuelve de nuestra responsabilidad por el pecado.

Una objeción que oímos con frecuencia es que, si Dios conocía de antemano que nosotros íbamos a pecar, ¿por qué nos creó en primer lugar? Un filósofo expresó el problema de esta manera: “Si Dios sabía que nosotros pecaríamos pero no lo impidió, entonces no es ni omnipotente ni soberano. Si podía impedirlo pero escogió no hacerlo, entonces no es ni amante ni benévolo.” Mediante este enfoque Dios aparece como malo, no importa cómo respondamos a la pregunta.

Debemos asumir que Dios sabía de antemano que el hombre caería. Debemos también asumir que Él podía haber intervenido para impedirlo. O podía haber escogido no crearnos en absoluto. Concedemos todas estas posibilidades hipotéticas. Para empezar, sabemos que Él sabía que caeríamos, y que siguió adelante y nos creó a pesar de todo. ¿Por qué significa eso que El no es amante? También sabía de antemano que iba a llevar a cabo un plan de redención para su creación caída que incluiría una perfecta manifestación de su justicia y una perfecta expresión de su amor y misericordia. Fue ciertamente amante por parte de Dios predestinar la salvación de su pueblo, los que la Biblia llama sus “elegidos” o escogidos.

Son los no elegidos los que constituyen el problema. Si algunos no son elegidos para salvación, entonces parecería que Dios no es tan amante hacia ellos. Según ellos, parece que hubiera sido más amante por parte de Dios no haber permitido que nacieran. Ese puede, ciertamente, ser el caso. Pero debemos hacer la pregunta verdaderamente difícil: ¿Existe alguna razón para que un Dios justo deba ser amante hacia una criatura que le odia y se revela constantemente contra su divina autoridad y santidad? La objeción suscitada por el filósofo implica que Dios le debe su amor a criaturas pecaminosas. Esto es, lo que se da por supuesto, sin palabras, es que Dios está obligado a ser clemente para con los pecadores. Lo que el filósofo pasa por alto es que si la gracia está obligada, ya no es gracia. La esencia misma de la gracia es que es inmerecida. Dios siempre se reserva el derecho de tener misericordia de quien quiera tener misericordia. Dios puede deberle justicia a la gente, pero nunca misericordia.

Es importante indicar una vez más que estos problemas surgen a todos los cristianos que creen en un Dios soberano. Estas cuestiones no son peculiares a una idea concreta de la predestinación. La gente argumenta que Dios es suficientemente amante como para proveer un camino de salvación para todos los pecadores. Puesto que el calvinismo restringe la salvación sólo a los elegidos, parece requerir un Dios menos amante. En la superficie al menos, parece que una idea no calvinista provee una oportunidad para que se salven grandes multitudes de personas que no hubieran sido salvadas en la idea calvinista.

Una vez más, esta cuestión afecta asuntos que deben ser desarrollados más plenamente en capítulos posteriores. Por ahora permítaseme decir simplemente que, si la decisión final para la salvación de pecadores caídos fuese dejada en las manos de pecadores caídos, desesperaríamos de toda esperanza en cuanto a que alguien fuese salvado.

Cuando consideramos la relación de un Dios soberano con un mundo caído, afrontamos básicamente cuatro opciones:

1. Dios pudo decidir no proveer una oportunidad para que alguien fuese salvado.

2. Dios pudo proveer una oportunidad para que todos fuesen salvados.

3. Dios pudo intervenir directamente para asegurar la salvación de todos.

4. Dios pudo intervenir directamente y asegurar la salvación de algunos.

Todos los cristianos descartan inmediatamente la primera opción. La mayoría de los cristianos descartan la tercera. Afrontamos el problema de que Dios salva a algunos y no a todos. El calvinismo corresponde a la cuarta opción. La idea calvinista de la predestinación enseña que Dios interviene activamente en las vidas de los elegidos para hacer absolutamente segura la salvación. Por supuesto, el resto es invitado a Cristo y se le da una “oportunidad” para ser salvado “si quiere”. Pero el calvinismo da por supuesto que, sin la intervención de Dios, nadie querrá jamás a Cristo. Nadie escogerá jamás a Cristo por sí mismo.

Este es precisamente el punto en disputa. Las ideas no reformadas de la predestinación asumen que a toda persona caída le queda la capacidad de escoger a Cristo. Al hombre no se le considera tan caído que requiera la intervención directa de Dios hasta el grado que afirma el calvinismo. Todas las ideas no reformadas dejan en manos del hombre el dar el voto decisivo para el destino final del hombre. Según estas ideas, la mejor opción es la segunda. Dios provee oportunidades para que todos sean salvados. Pero, ciertamente, no existe una igualdad de oportunidades, puesto que grandes multitudes de gente mueren sin haber oído jamás el Evangelio.

El no reformado objeta a la cuarta opción porque limita la salvación a un grupo selecto que Dios escoge. El reformado objeta a la segunda opción porque ve que la oportunidad universal de salvación no provee lo suficiente para salvar a nadie. El calvinista ve a Dios haciendo mucho más por la raza humana caída a través de la cuarta opción que a través de la segunda. El no calvinista ve justamente lo contrario. Piensa que dar una oportunidad universal, aunque está lejos de asegurarla salvación de nadie, es más benévolo que asegurar la salvación de algunos y no de otros.

El desagradable problema que tiene el calvinista se ve en la relación de las opciones tercera y cuarta. Si Dios puede, y de hecho escoge, asegurar la salvación de algunos, ¿por qué no asegura la salvación de todos? Antes de tratar de responder a esa pregunta, permítaseme primero indicar que éste no es simplemente un problema calvinista. Todo cristiano debe sentir el peso de este problema. En primer lugar, afrontamos la cuestión: “¿Tiene Dios el poder para asegurar la salvación de todos?” Ciertamente está dentro del poder de Dios cambiar el corazón de todo pecador impenitente y llevar ese pecador hacia sí. Si carece de tal poder, entonces no es soberano. Si tiene ese poder, ¿por qué no lo usa con todos?

El pensador no reformado responde en general diciendo que el hecho de que Dios imponga su poder a personas reacias es violar la libertad del hombre. Violar la libertad del hombre es pecado. Puesto que Dios no puede pecar, no puede imponer unilateralmente su gracia salvadora a pecadores reacios. Forzar al pecador a que quiera cuando el pecador no quiere, es hacer violencia al pecador. La idea es que, al ofrecer la gracia del Evangelio, Dios hace todo lo que puede para ayudar al pecador a ser salvo. Él tiene suficiente poder para forzar a los hombres, pero el uso de tal poder sería ajeno a la justicia de Dios.

Eso no proporciona mucho consuelo al pecador en el infierno. El pecador en el infierno debe de estar preguntando: “Dios, si tú realmente me amabas, ¿por qué no me forzaste a creer? Preferiría que mi libre albedrío fuese violado que estar aquí en este lugar de tormento eterno.” Aun así, las súplicas de los condenados no determinarían la justicia de Dios si, de hecho, fuese erróneo que Dios se impusiera a la voluntad de los hombres. La pregunta que el calvinista hace es: “¿Qué hay de erróneo en que Dios origine la fe en el corazón del pecador?”

A Dios no se le requiere que busque el permiso del pecador para hacer con el pecador lo que le plazca. El pecador no pidió nacer en el país de su nacimiento, a sus padres, ni aun nacer en absoluto. Tampoco pidió el pecador nacer con una naturaleza caída. Todas estas cosas fueron determinadas por la decisión soberana de Dios. Si Dios hace todo esto que afecta al destino eterno del pecador, ¿qué habría de erróneo en que Él diera un paso más para asegurar su salvación? ¿Qué quería decir Jeremías cuando clamó: “¿Me sedujiste, Oh Señor, y fui seducido” (Jer. 20:7)? Ciertamente, Jeremías no invitó a Dios a seducirle.

La cuestión permanece. ¿Por qué salva Dios solamente a algunos? Si concedemos que Dios puede salvar a los hombres forzando sus voluntades, ¿por qué entonces no fuerza la voluntad de todos y les lleva a todos a la salvación? (Estoy utilizando aquí la palabra forzar no porque piense que existe un forzamiento erróneo, sino porque los no calvinistas insisten en este término.) La única respuesta que puedo dar a esta pregunta es que no lo sé. No tengo ni idea de porqué Dios salva a algunos pero no a todos. No dudo por un momento que Dios tenga poder para salvar a todos, pero sé que no escoge salvar a todos. No sé por qué. Una cosa sí sé. Si agrada a Dios salvar a algunos y no a todos, nada hay en ello que sea erróneo. Dios no está obligado a salvar a nadie. Si escoge salvar a algunos, esto en ninguna manera le obliga a salvar al resto. Una vez más la Biblia insiste que es la prerrogativa divina de Dios tener misericordia de quien quiera tener misericordia.

La alarma que oye gritar el calvinista generalmente en este punto es: “¡Eso no es equitativo!” ¿Pero qué se da a entender por equidad aquí? Si por equidad queremos decir igualdad, entonces, desde luego, la protesta es acertada. Dios no trata a todos los hombres por igual. Nada podría estar más claro en la Biblia que eso. Dios se apareció a Moisés de una manera en que no se apareció a Hammurabi. Dios concedió a Israel bendiciones que no concedió a Persia. Cristo se apareció a Pablo en el camino de Damasco de una manera en que no se manifestó a Pilato. Dios, simplemente, no ha tratado a todo ser humano en la Historia exactamente de la misma manera. Esto es obvio.

Probablemente lo que se quiere decir por “equitativo” en la protesta es “justo”. No parece justo que Dios escoja a algunos para recibir su misericordia, mientras que otros no reciben el beneficio de la misma. Para tratar este problema debemos llevar a cabo una breve pero importante reflexión. Demos por supuesto que todos los hombres son culpables de pecado a los ojos de Dios. De esa masa de humanidad culpable, Dios decide soberanamente conceder misericordia a algunos de ellos. ¿Qué recibe el resto? Recibe justicia. Los salvados reciben misericordia y los no salvados reciben justicia. Nadie recibe injusticia.

La no justicia incluye todo lo que está fuera de la categoría de justicia. En la categoría de no justicia encontramos dos sub-conceptos, injusticia y misericordia. La misericordia es una buena forma de no justicia mientras que la injusticia es una mala forma de no justicia. En el plan de la salvación Dios no hace nada malo. Nunca comete injusticia alguna. Algunos reciben justicia, que es lo que merecen, mientras que otros reciben misericordia. Una vez más, el hecho de que uno recibe misericordia no demanda que los demás la reciban también. Dios se reserva el derecho de conceder clemencia.

Como ser humano, yo podría preferir que Dios concediese su misericordia a todos por igual, pero no puedo demandarlo. Si a Dios no le agrada dispensar su misericordia salvadora a todos los hombres, entonces debo someterme a su santa y justa decisión. Dios jamás, jamás, jamás está obligado a ser misericordioso hacia los pecadores. Ese es el punto que debemos enfatizar si hemos de comprender la plena medida de la gracia de Dios.

La verdadera cuestión es por qué Dios se inclina a ser misericordioso para con alguien. Su misericordia no le es demandada y, sin embargo, la concede a sus elegidos. La concedió a Jacob de una manera en que no la concedió a Esaú. La concedió a Pedro de una manera en que no la concedió a Judas. Debemos aprender a alabar a Dios tanto en su misericordia como en su justicia. Cuando Él ejecuta su justicia, no está haciendo nada erróneo. Está ejecutando su justicia conforme a su rectitud.


LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA LIBERTAD HUMANA
Todo cristiano afirma alegremente que Dios es soberano. La soberanía de Dios es un consuelo para nosotros. Nos asegura que Él puede hacer lo que promete hacer. Pero el mero hecho de la soberanía de Dios suscita una gran cuestión más. ¿Cómo se relaciona la soberanía de Dios con la libertad humana? Cuando afrontamos la cuestión de la soberanía divina y la libertad humana, podemos vernos confrontados por el dilema de “luchar o huir”. Podemos luchar para abrirnos paso hacia una solución lógica del mismo, o volvernos y alejarnos corriendo de él tan rápido como podamos.

Muchos de nosotros escogemos huir de él. La huida toma diferentes rutas. La más común es decir, simplemente, que la soberanía divina y la libertad humana son contradicciones que debemos tener el valor de abrazar. Buscamos analogías que alivien nuestras atribuladas mentes. Como estudiante en la facultad, oí dos analogías que me proporcionaron un alivio temporal, como un paquete teológico de Rolaids:

Analogía 1: “La soberanía de Dios y la libertad humana son como dos líneas paralelas que se encuentran en la eternidad.”

Analogía 2: “La soberanía de Dios y la libertad humana son como sogas en un pozo. En la superficie parecen estar separadas, Pero en la oscuridad del fondo del pozo se juntan.”

La primera vez que oí estas analogías sentí alivio. Sonaban simples y, sin embargo, profundas. La idea de dos líneas paralelas que se encuentran en la eternidad me satisfizo. Me dio algo ingenioso que decir para el caso en que un escéptico empedernido me preguntara acerca de la soberanía divina y la libertad humana. Mi alivio fue temporal. Pronto necesité una dosis más fuerte de Rolaids. La molesta pregunta rehusaba dejarme en paz. ¿Cómo, me preguntaba, pueden las líneas paralelas encontrarse jamás? ¿En la eternidad o en alguna otra parte? Si las líneas se encuentran, entonces no son finalmente paralelas. Si son finalmente paralelas, entonces nunca se encontrarán. Cuanto más pensaba acerca de la analogía, tanto más me daba cuenta que ésta no resolvía el problema. Decir que las líneas paralelas se encuentran en la eternidad es una afirmación sin sentido; es una contradicción flagrante.

No me gustan las contradicciones. Encuentro poco consuelo en ellas. Nunca cesaba de asombrarme ante la facilidad con que los cristianos parecen sentirse confortables con ellas. Oigo afirmaciones como: “¡Dios es mayor que la lógica!”, o: “¡La fe es más elevada que la razón!” Para defender el uso de las contradicciones en la teología. Ciertamente, estoy de acuerdo en que Dios es mayor que la lógica y que la fe es más elevada que la razón. Estoy de acuerdo con todo mi corazón y con toda mi cabeza. Lo que quiero evitar es a un Dios que es menor que la lógica y una fe que es inferior a la razón. Un Dios que es menor que la lógica sería y debería ser destruido por la lógica. Una fe que es inferior a la razón es irracional y absurda.

Supongo que es la tensión entre la soberanía divina y la libertad humana, más que cualquier otra cosa, lo que ha conducido a muchos cristianos a pretender que las contradicciones son un elemento legítimo de la fe. La idea es que la lógica no puede reconciliar la soberanía divina con la libertad humana. Ambas desafían la lógica armonía. Puesto que la Biblia enseña ambos polos de la contradicción, debemos estar dispuestos a afirmarlos ambos, a pesar del hecho de ser contradictorios. ¡De ninguna manera! El que los cristianos abracen ambos polos de una contradicción flagrante es cometer suicidio intelectual y calumniar al Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es autor de confusión. Dios no habla con una doble lengua.

Si la libertad humana y la soberanía divina son verdaderas contradicciones, entonces una de ellas, al menos, debe desaparecer. Si la soberanía excluye la libertad, y la libertad excluye la soberanía, entonces o bien Dios no es soberano o el hombre no es libre. Felizmente, existe una alternativa. Podemos sostener tanto la soberanía como la libertad si podemos mostrar que no son contradictorias. A un nivel humano, podemos ver fácilmente que la gente goza de una verdadera medida de libertad en un país gobernado por un monarca soberano. La soberanía no pone fin a la libertad; es la autonomía lo que no puede coexistir con la soberanía.

¿Qué es la autonomía? La palabra procede del prefijo auto y la raíz nomos. Auto significa “uno mismo”. Un automóvil es algo que se mueve por sí mismo. “Automático” describe algo que actúa por sí mismo. La raíz nomos es la palabra griega para “ley”. La palabra autonomía significa, pues, “ley de uno mismo”. Ser autónomo significa ser ley a uno mismo. Una criatura autónoma no sería responsable ante nadie. No tendría un gobernante, menos aún tendría un gobernante soberano. Es lógicamente imposible tener un Dios soberano existiendo al mismo tiempo que una criatura autónoma. Los dos conceptos son totalmente incompatibles. Pensar en su coexistencia sería como imaginar el encuentro de un objeto inamovible con una fuerza irresistible. ¿Qué ocurriría? Si el objeto se moviera, entonces no podría ya ser considerado inamovible. Si no se moviera, entonces la fuerza irresistible ya no sería irresistible.

Así ocurre con la soberanía y la autonomía. Si Dios es soberano, no es posible que el hombre sea autónomo. Si el hombre es autónomo, es imposible que Dios sea soberano. Serían contradicciones. No tenemos que ser autónomos para ser libres. La autonomía implica libertad absoluta. Somos libres, pero hay límites para nuestra libertad. El límite final es la soberanía de Dios.

Una vez leí una afirmación de un cristiano que dijo: “La soberanía de Dios nunca puede restringir la libertad humana.” Imaginemos a un pensador cristiano haciendo tal afirmación. Esto es puro humanismo. ¿Pone restricciones la ley de Dios a la libertad humana? ¿No se le permite a Dios imponer límites a lo que yo escoja? No sólo puede Dios imponer límites morales a mi libertad, sino que tiene todo derecho en cualquier momento a golpearme en la cabeza si es necesario refrenarme de ejercer mis malas decisiones. Si Dios no tiene derecho a la represión, entonces no tiene derecho a gobernar su creación. Es mejor que invirtamos la afirmación: “La libertad humana nunca puede restringir la soberanía de Dios.” En esto consiste la soberanía. Si la soberanía de Dios está restringida por la libertad humana, entonces Dios no es soberano; el hombre es soberano.

Dios es libre. Yo soy libre. Dios es más libre que yo. Si mi libertad va en contra de la libertad de Dios, yo salgo perdiendo. Su libertad restringe la mía; mi libertad no restringe la suya. Existe una analogía en la familia humana. Yo tengo una voluntad libre. Mis hijos tienen voluntades libres. Cuando nuestras voluntades chocan, tengo autoridad para predominar sobre sus voluntades. Sus voluntades han de estar subordinadas a mi voluntad; mi voluntad no está subordinada a la de ellos. Desde luego, en el nivel humano de la analogía, no estamos hablando en términos absolutos.

La soberanía divina y la libertad humana se consideran frecuentemente como contradictorias porque en la superficie suenan contradictorias. Hay algunas distinciones importantes que deben hacerse y aplicarse consecuentemente a esta cuestión si hemos de evitar una confusión desesperante. Consideremos tres palabras en nuestro vocabulario que están tan estrechamente relacionadas que son a menudo confundidas:

1. Contradicción
2. Paradoja
3. Misterio

1. Contradicción. La ley lógica de la contradicción dice que una cosa no puede ser lo que es y no ser lo que es al mismo tiempo y en la misma relación. Un hombre puede ser padre e hijo al mismo tiempo, pero no puede ser hombre y no ser hombre al mismo tiempo. Un hombre puede ser tanto padre como hijo al mismo tiempo, pero no en la misma relación. Ningún hombre puede ser su propio padre. Aun cuando hablamos de Jesús como el Dios/hombre, tenemos cuidado de decir que, aunque es Dios y hombre al mismo tiempo, no es Dios y hombre en la misma relación. Tiene una naturaleza divina y una naturaleza humana. Ambas no deben ser confundidas. Las contradicciones nunca pueden coexistir, ni aun en la mente de Dios. Si ambos polos de una contradicción genuina pudieran ser ciertos en la mente de Dios, entonces nada que Dios nos haya revelado jamás podría tener significado alguno. Si el bien y el mal, la justicia y la injusticia, Cristo y el Anticristo pudieran todos significar lo mismo para la mente de Dios, entonces la verdad de cualquier clase sería totalmente imposible.

2. Paradoja. Una paradoja es una contradicción aparente que, al examinarse más detenidamente, puede ser resuelta. He oído a maestros declarar que la noción cristiana de la Trinidad es una contradicción. Simplemente, no lo es. No viola ninguna ley de la lógica. Supera la prueba objetiva de la ley de la contradicción. Dios es uno en esencia y tres en persona. Nada hay de contradictorio en ello. Si dijésemos que Dios es uno en esencia y tres en esencia entonces tendríamos una contradicción genuina que nadie podría resolver. Entonces el cristianismo sería irremediablemente irracional y absurdo. La Trinidad es una paradoja, pero no una contradicción.

Para complicar un poco más las cosas, existe otro término, antinomia. Su significado primario es un sinónimo de contradicción, pero su significado secundario es un sinónimo de paradoja. Examinándolo, vemos que tiene la misma raíz que autonomía, nomos, que significa “ley”. Aquí el prefijo es anti, que significa “contra” o “en lugar de “. El significado literal, pues, del término antinomia es “contra la ley”. ¿Qué ley se supone que tenemos aquí a la vista? La ley de la contradicción. El significado original del término era “lo que viola la ley de la contradicción”. De ahí, originalmente y en la discusión filosófica normal, la palabra antinomia es un equivalente exacto de la palabra contradicción.

La confusión surge cuando la gente utiliza el término antinomia no para referirse a una contradicción genuina, sino a una paradoja o contradicción aparente. Recordamos que una paradoja es una afirmación que parece una contradicción, pero que realmente no lo es. En Gran Bretaña, especialmente, la palabra antinomia se utiliza a menudo como sinónimo de paradoja. Estoy elaborando estas distinciones tan sutiles por dos razones.

La primera es que, si hemos de evitar la confusión, debemos tener una clara idea en nuestras mentes acerca de la diferencia crucial entre una contradicción real y una contradicción aparente. Es la diferencia entre la racionalidad y la irracionalidad, entre la verdad y el absurdo.

La segunda razón por la que es necesario expresar estas definiciones claramente es que uno de los mayores defensores de la doctrina de la predestinación en nuestro mundo actual utiliza el término antinomia. Estoy pensando en el destacado teólogo que es el Dr. J. I. Packer. Packer, ha ayudado a incontables miles de personas a tener una más profunda comprensión del carácter de Dios, especialmente con respecto a la soberanía de Dios.

Nunca he discutido este asunto de la utilización por parte del Dr. Packer del término antinomia con él. Doy por supuesto que lo utiliza en el sentido británico de paradoja. No puedo imaginar que hable intencionadamente de contradicciones en la Palabra de Dios. De hecho, en su libro Evangelism and the sovereignty of God (El evangelismo y la soberanía de Dios) elabora el punto de que, en última instancia, no existen contradicciones en la Palabra de Dios. El Dr. Packer no sólo ha sido incansable en su defensa de la teología cristiana, sino que ha sido igualmente incansable en su brillante defensa de la inerrancia de la Biblia. Si la Biblia contuviese antinomias en el sentido de contradicciones reales, eso sería el fin de la inerrancia.

Algunos verdaderamente sostienen que existen contradicciones reales en la verdad divina. Piensan que la inerrancia es compatible con ellas. La inerrancia significaría entonces que la Biblia revela inerrantemente las contradicciones de la verdad de Dios. Por supuesto, si pensamos por un momento, quedaría claro que si la verdad de Dios es una verdad contradictoria, entonces no es verdad en absoluto. Ciertamente, la misma palabra verdad estaría vacía de significado. Si las contradicciones pueden ser verdad, no habría manera alguna de discernirla diferencia entre la verdad y una mentira. Esta es la razón por la que estoy convencido de que el Dr. Packer utiliza antinomia cuando quiere decir paradoja y no contradicción.

3. Misterio. El término misterio se refiere a aquello que es verdad pero que no entendemos. La Trinidad, por ejemplo, es un misterio. No puedo penetrar en el misterio de la Trinidad o de la encamación de Cristo con mi débil mente. Tales verdades son demasiado elevadas para mí. Sé que Jesús era una persona con dos naturalezas, pero no puedo entender cómo puede ser eso. El mismo tipo de cosa se encuentra en la esfera natural. ¿Quién entiende la naturaleza de la gravedad, o aun del movimiento? ¿Quién ha penetrado en los misterios finales de la vida? ¿Qué filósofo ha sondeado las profundidades del significado del ser humano? Estos son misterios. No son contradicciones.

Es fácil confundir el misterio con la contradicción. No entendemos ninguno de los dos. Nadie entiende una contradicción porque las contradicciones son intrínsecamente ininteligibles. Ni siquiera Dios puede entender una contradicción. Las contradicciones son absurdas. Nadie puede darles sentido. Los misterios pueden ser entendidos. El Nuevo Testamento nos revela cosas que estaban ocultas y no entendidas en los tiempos el Antiguo Testamento. Hay cosas que en otros tiempos nos resultaban misteriosas, pero que ahora entendemos. Esto no significa que todo lo que ahora es un misterio para nosotros quedará claro un día, sino que muchos misterios actuales quedarán desentrañados. Algunos serán desentrañados en este mundo. No hemos alcanzado aún los límites del descubrimiento humano. Sabemos también que en el cielo se nos revelarán cosas que se hallan aún ocultas. Pero aun en el cielo no comprenderemos plenamente el significado de la infinidad. Para entender eso plenamente, tendríamos que ser infinitos. Dios puede entender la infinidad no porque opere sobre la base de alguna clase de sistema lógico celestial, sino porque El mismo es infinito. Tiene una perspectiva infinita.

Permítaseme expresarlo de otra manera: Todas las contradicciones son misteriosas. No todos los misterios son contradicciones. El cristianismo concede amplio lugar a los misterios. No tiene lugar para las contradicciones. Los misterios pueden ser verdad. Las contradicciones nunca pueden ser verdad, ni aquí en nuestras mentes, ni allí en la mente de Dios. Permanece la gran cuestión. El gran debate que remueve el caldero de la controversia se centra en la cuestión: “¿Cómo afecta la predestinación a nuestro libre albedrío?”

Resumen del capítulo
1. Definición de la predestinación.
“La predestinación significa que nuestro destino final, el cielo o el infierno, está decidido por Dios antes que nazcamos.”
2. La soberanía de Dios. Dios es la autoridad suprema del cielo y la Tierra.
3. Dios es el poder supremo. Toda otra autoridad y poder están sometidos a Dios.
4. Si Dios no es soberano, no es Dios
5. Dios ejerce su soberanía de tal manera que no obra el mal ni viola la libertad humana.
6. El primer acto pecaminoso del hombre es un misterio. El hecho de que Dios permitiera pecar a los hombres no refleja nada malo en Dios.
7. Todos los cristianos afrontan la difícil cuestión de por qué Dios, que teóricamente podría salvar a todos, escoge salvar a algunos, pero no a todos.
8. Dios no le debe la salvación a nadie.
9. La misericordia de Dios es voluntaria. No está obligado a ser misericordioso. Se reserva el derecho de tener misericordia de quien quiera tener misericordia.
10. La soberanía de Dios y la libertad del hombre no son contradictorias.

Confesando nuestra Fe

Autor: Pastor Juan Sanabria

Uno de los ingredientes del culto cristiano desde sus comienzos fue el hacer confesión pública de la fe que profesaban. Ya en la sinagoga hebrea existía la costumbre de recitar cada día de reposo el Shemá.

La palabra Shemá es de procedencia hebrea y significa “escucha”. Se le llama así porque está basada en la confesión de fe hebrea en la creencia en un solo Dios y donde se le exhorta al pueblo a “escuchar”. Este pasaje se encuentra en Deuteronomio 6.4-9 que cita como sigue:

“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.
Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.”

A través de estas palabras, mandadas por Dios mismo, Israel debía recordar que tenía un solo Dios y que así lo confesaba a todo el que le oyere. Además es instructivo porque en dicha confesión se exhorta al pueblo a amar a este único Dios verdadero con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.

Todo buen judío tenía por costumbre, y aún lo siguen practicando, el recitar el Shemá cuando se levanta y cuando se acuesta y, congregacionalmente, en la sinagoga cada día de reposo. También cuando van a morir, y si está en sus posibilidades, estas son las últimas palabras que salen de sus labios y si no pudieren hacerlo lo hace algún familiar o algún rabino.

Siendo la iglesia cristiana estructurada bajo las mismas costumbres de la sinagoga hebrea, consideraron que también ellos debían tener una confesión de fe bajo los postulados de las doctrinas básicas del cristianismo. Así, desde los primeros siglos, elaboraron el conocido Símbolo Apostólico, que vendría a suplantar el Shemá judío. Este símbolo fue conocido también como el Credo de los Apóstoles y, aunque parece que no fueron elaborados directamente por ellos (aunque algunos creen que sí), fueron elaborados conforme a las enseñanzas principales por ellos transmitidas.

Ya desde el s.I y II dicho Credo aparece, no solo en el momento de administrar el sacramento del Bautismo, sino que era recitado por toda la comunidad en el día de reposo, hasta que fue plenamente aceptado por el primer concilio de Nicea.

Este Credo fue y es de bastante utilidad porque, al no haber escritos al alcance de todos, se convirtió en una transmisión oral de las verdades fundamentales de la fe cristiana y por ello entró a ser parte de la liturgia cristiana. Tal es así que, quien no creyera dicho Símbolo, era considerado como hereje.

Los diferentes propósitos con que fueron elaborados los Credos cristianos universales fueron:

1) Confesar con sus labios lo que creían en su corazón, lo cual era una forma de confirmar su salvación y que abrazaban con fe lo que confesaban (Ro 10.8-10).

2) Mantener el principio divino de repetir las verdades de la fe como en su momento lo hicieran los judíos con el Shemá. Esto serviría de testimonio para todos los que los escucharan y para que los creyentes guardaran las palabras en sus corazones.

3) Demostrar con las verdades expuestas que se oponían unánimemente a todo lo que viniese en contra de dicha doctrina. En aquel entonces los gnósticos y los arrianos, entre otros, hacían estragos en la iglesia pero esta confesión les mantenía unidos en una misma enseñanza. Para ellos era una manera de contender por la fe que había sido transmitida a los santos (Jd 3).

En cuanto al pensamiento de los gnósticos sobre Cristo, la enciclopedia libre Wikipedia comenta:

  • Siendo la materia el anclaje y origen del mal, no es concebible que Jesucristo pudiera ser un ser divino y asociarse a un cuerpo material a la vez, puesto que la materia es contaminadora. Por esa razón surge la doctrina del Cuerpo aparente de Cristo, según la cual la Divinidad no pudo venir en carne sino que vino en espíritu mostrando a los hombres un cuerpo aparentemente material (docetismo). Otras corrientes sostienen que Jesucristo fue un hombre vulgar que en la época de su ministerio fue levantado, adoptado por una fuerza divina (adopcionismo). Otras doctrinas afirman que la verdadera misión de Cristo era transmitir a los espíritus humanos el principio del autoconocimiento que permitía que las almas se salvaran por sí mismas al liberarse de la materia. Otras enseñanzas proponían incluso que Jesús no era un ser divino.

Como podemos observar al apóstol Juan no se le escapó detalle sobre esta amenaza que se cernía sobre la Iglesia y en advertencia a los cristianos escribe:

“En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo.” (1 Jn 4.2-3).

Esta doctrina apostólica aparece en el Credo y es una tremenda bomba para aquellos herejes que niegan la encarnación del Hijo de Dios o su Deidad. Por eso, el Símbolo Apostólico declara:

Creo en Jesucristo, Su Único Hijo, nuestro Señor, quien fue concebido por el Espíritu Santo.

Esto es un verdadero mazazo contra los gnósticos. También lo fue para los Docetas, que creían que Jesús solo tenía una “apariencia” física pero que nunca se hizo carne ya que para ellos la materia (el cuerpo) es malo. También combate la herejía arriana, que pensaban que Jesús era una creación de Dios pero no Dios hecho hombre, como también opinan los Testigos de Jehová, y también contra los Unitarios, ya que el Credo tiene un enfoque Trino sobre la Deidad al decir en cada apartado:

a. Creo en Dios Padre
b. Creo en Jesucristo su Único Hijo, nuestro Señor y
c. Creo en el Espíritu Santo

4) Transmitir a sus hijos y a los neófitos las bases de la doctrina cristiana. Esto lo hacían cada día de reposo cuando todos juntos citaban las palabras que contienen dicho símbolo. En ningún caso se trataría de “una vana repetición” ya que el Credo no va dirigido a Dios ni es un rezo sino un breve y didáctico manual de confesión sobre las doctrinas básicas de la fe. Así que, al igual que lo hicieran los judíos en la sinagoga, lo hacían y hacen los cristianos (no todos) en la congregación[1], para que a través de la repetición quede grabada en nuestros corazones según aparece en Deuteronomio 6.7.

Este Credo hace énfasis en un solo Dios, un solo Señor que se humanó y nació por obra del Espíritu Santo para entregar su vida por nosotros, que fue sepultado y resucitó para nuestra salvación y que, al estar sentado a la derecha de la Majestad junto al Padre, reina sobre todas las cosas, y que vendrá de nuevo para juzgar a todos los seres humanos, vivos y muertos. Confiesa, junto al Padre y al Hijo, al Espíritu Santo, haciendo así un enfoque trinitario de la Deidad. Confiesa a una sola iglesia universal en la que más allá de los límites de Israel entran gentes de toda raza, lengua, tribu y nación en una misma comunión. Confiesa la remisión de pecados en Cristo, la resurrección de los muertos y la vida eterna de todos los creyentes.

  • Este es el Credo Apostólico:

Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra.

Creo en Jesucristo, Su Único Hijo, nuestro Señor, quien fue concebido por el Espíritu Santo. Nació de la virgen María; padeció bajo el poder de Poncio Pilato. Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió al infierno y al tercer día resucitó de entre los muertos. Ascendió al cielo, y se sentó a la derecha de Dios Padre, Todopoderoso. Desde allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Universal [2] , la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo, y la vida eterna. AMEN.


_______________
[1] Aunque no todos los cristianos lo utilizan en su Culto a Dios, sí es cierto que todos los cristianos creen en su contenido.
[2] Algunos ponen católica, no haciendo referencia a la Iglesia de Roma sino porque lo mantienen en su lengua original griega que, como traducimos al castellano, significa universal.

El Ministro y La Palabra de Dios

Autor: Pastor Juan Sanabria


El pastor, como mayordomo de Dios, es también el Ministro de La Palabra, reemplazando así a los apóstoles y profetas de la iglesia primitiva después del cese de sus tareas fundacionales de la Iglesia Universal.

“Tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra” (Lc 1.2).

Las tareas del pastor como Ministro de la Palabra son en el culto cristiano básicamente tres: La lectura de Las Escrituras, la exhortación y la enseñanza.

Este fue el encargo dado por el apóstol Pablo a Timoteo mientras estuviera al frente de la iglesia en Éfeso.

“Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza” (1 Tim 4.13).


1.1. La Lectura de Las Escrituras

Dios siempre mandó que Su Palabra se leyera al pueblo.

“Cuando viniere todo Israel a presentarse delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere, leerás esta ley delante de todo Israel a oídos de ellos.” (Dt 31.11).

Cuando se lee La Palabra Dios está hablando directamente a la iglesia reunida, y es por ello que se tiene que mantener especial reverencia. Conviene que la lectura sea acorde al tema a tratar en la predicación o el estudio.

“Y [Moisés] tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos.” (Ex 24.7).

Fijémonos que, cuando Moisés leyó la Palabra, el pueblo dijo “Jehová ha dicho”. Esa es la actitud que tiene que tener la iglesia de Cristo en la actualidad cada vez que se leen Las Escrituras. No es tiempo de ir al baño, ni de beber agua, ni de ponerse a hablar con el de al lado ni nada parecido porque el Señor, en ese momento, está diciendo algo mientras el Ministro lee Su Palabra.

Lo mismo sucedió con el gran maestro Esdras cuando leyó la Palabra de Dios al pueblo. Era tal la reverencia y la atención que se compungieron en sus corazones al saber que Dios los había vuelto hacia Él.

“Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura. Y Nehemías el gobernador, y el sacerdote Esdras, escriba, y los levitas que hacían entender al pueblo, dijeron a todo el pueblo: Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, ni lloréis; porque todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley.” (Neh 8.8-9).

1.2. La exhortación

La exhortación es una apelación a la voluntad de los oyentes para que hagan la voluntad de Dios y abarca especialmente el aspecto ético. En ella se les explica a los creyentes sobre cómo deben vivir, lo que agrada o desagrada a Dios, motivándoles así a hacer lo correcto ante sus ojos.

La exhortación puede enfocarse como una palabra de ánimo o consejo pero en casos de obstinación puede contener amonestaciones y advertencias sobre las consecuencias de no obedecer a Dios.

La exhortación en sí misma es un discurso para la iglesia, lo que hoy entendemos como predicación aunque la predicación, al ser una proclamación (gr. kerygma), va especialmente dirigida al inconverso a fin de que anunciándole el reino de Dios y la palabra de la cruz puedan venir al arrepentimiento. Así, pues, podemos decir que la predicación nos indica lo que tenemos que hacer para entrar en el Reino de Dios, mientras que la exhortación nos dice cómo debemos vivir una vez introducidos en él.

Veamos diferentes ejemplos de lo que estamos hablando:

¬ Exhortación como palabra de ánimo

“Este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor.” (Hch 11.23)


¬ Exhortación como palabra de consejo

“Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” (Heb 10.24-25).


¬ Exhortación como una palabra de advertencia

“Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación.” (Hch 2.40).


¬ Exhortación como una palabra de amonestación

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” (2 Tim 4.1-2).

“Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie.” (Tit 2.15).



1.3. La enseñanza

Todo pastor, como maestro, debe explicar al pueblo La Palabra de Dios. Al igual que los escribas y rabinos judíos éstos tienen la obligación de hacer de intérpretes de La Palabra para que se haga comprensible al pueblo. El mismo Cristo fue reconocido como Rabí (Maestro) pero prohíbe a sus ministros que se dejen llamar así por los hombres, de manera que aunque seamos maestros no somos una autoridad inapelable de la iglesia porque solo Cristo lo es y en este sentido solo Él es el Maestro. Igualmente se nos prohíbe llamarnos “padre” pues aunque los pastores tengamos una función paternal sobre la iglesia solo Dios es capaz de engendrar por su Palabra y su Espíritu a aquéllos que ha decidido que sean sus hijos y herederos de la salvación.

“Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” (Mt 23.8-12).

La enseñanza es fundamental en la iglesia, no existe otra manera de pastorear al rebaño de Dios que no sea a través de la Palabra, por eso se le demanda a todo Obispo que sea apto para la enseñanza. Cualquier persona que ostente el oficio de pastor y sepa que no tiene el don de la enseñanza debe abandonar su cargo lo más pronto posible, porque cuando hablamos del término Obispo hablamos de su responsabilidad (supervisar) pero cuando hablamos de la enseñanza hablamos en esencia sobre cuál es su tarea en medio del pueblo de Dios.

“Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar” (1 Tim 3.1-2).

“Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios; no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo, retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen.” (Tit 1.7-9).

Hay tres cosas a tener en cuenta por todo exponente de la Palabra de Dios: Su contenido, su forma de exponer y su propósito.


1.3.1. El contenido del mensaje

Si algo impresionó a los coetáneos de Jesús fue su forma de enseñar y el contenido de sus Palabras. Actualmente hay muchos ministros que han cambiado la Palabra de Dios por palabras humanas, filosofías y argumentos psicológicos en sustitución de la Palabra de Dios. Los púlpitos se han convertido en lugares de monólogos de contenido humorístico, anecdótico y frívolo carente de toda Palabra de Dios.

El apóstol Pablo enseñó que el mensaje principal que todo Ministro debe exponer está basado en la persona y la obra de Cristo.

“¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.” (1 Co 1.20-24).

La predicación y enseñanza de los demás apóstoles estaba basado igualmente en la persona de Cristo y a esto se dedicaban con esmero.

“Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad. Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.” (Hch 5.40-42).

Jesús mandó a sus seguidores a escudriñar las Escrituras argumentando que todas ellas hablaban de Él (Jn 5.39). Al mencionar Las Escrituras estaba haciendo referencia al A.T. pues hasta ese momento no se había escrito el nuevo. Puesto que toda La Escritura habla de Cristo es necesario que se enseñe al pueblo de Dios toda la Palabra de Dios, es decir, todo su consejo y a esto dedicó Pablo su vida y ministerio.

“Por tanto, yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios.” (Hch 20.26-27).

Las iglesias neotestamentarias que hacen menosprecio a La Ley y Los Profetas hacen menosprecio a Dios mismo. Esta dureza de sus corazones también alcanzó el corazón de los apóstoles, de modo que aún leyendo la Ley y los Profetas no eran capaces de ver en sus escritos a Jesucristo.

“Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.” (Lc 24.25-27).

Todo Ministro debe enseñar constante y sistemáticamente “toda” la Palabra de Dios. Amputar el mensaje de Dios es un grave pecado del que todo ministro tendrá que dar cuentas a Dios. Nadie debe decir que tal o cual tema no le gusta. No debe ser repetitivo y persistir en una sola parte de la Escritura, sino exponerla enteramente. Toda la Escritura es inspirada por Dios y toda ella es útil para la iglesia. Los que presuntuosamente hacen alarde de creer en la inspiración de toda la Escritura pero luego hacen menosprecio del Antiguo Testamento como que carece de utilidad para este tiempo cometen un grave pecado.

1.3.2. La forma de exponer el mensaje

Cuando hablamos de la forma también hablamos del método. Se ha introducido en la iglesia la idea de que debemos inventar métodos o formas para que la gente se salve. Esto es como invalidar lo que Dios ha establecido para intentar hacerle un favor y ayudarle en nuestra aportación según nuestra sabiduría humana.

Los nuevos pastores creen que eso de hablar de la Biblia ya no es efectivo. En su lugar han convertido los púlpitos en plataformas para mimos, teatros, conciertos musicales, etc., que han suplantado la Palabra de Dios. Aunque estas cosas no son malas en sí mismas nunca deben ser un componente litúrgico en nuestro culto a Dios ni deben reemplazar la Palabra de Dios expuesta oralmente. Otros organizan partidos de fútbol, excursiones o aprovechan días especiales como la fecha de navidad, día de las madres pensando que ese momento es más propicio y argumentando que los corazones están más sensibles.

Esta es una postura claramente arminiana donde los creyentes quieren hacer su propia aportación en el ministerio cristiano, como si lo que Dios dejó no fuera suficiente.

Nos debe quedar claro que las fechas y los métodos humanos no convierten a nadie, solo Dios puede añadir a Su Iglesia los que han de ser salvos.

“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.” (Jn 6.44).

“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé.” (Jn 15.16).

“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” (Hch 2.47b).

“Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.” (Hch 13.48).

Como vemos en los textos citados el hombre no puede ni convertirse a sí mismo y mucho menos convertir a otros. Como dijo el profeta Jonás “La salvación es del Señor” (Jon 2.9c).

En cuanto a las formas y métodos humanos el apóstol Pablo escribió:

“Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” (1 Co 2.4).

Pablo podía haber hecho uso de sus conocimientos y estrategias que había adquirido en la famosa ciudad de Tarso, cuna de grandes conocimientos en aquel entonces, sin embargo para él todo eso era basura. Él sabía que Dios no utilizaba métodos sino personas escogidas por Él para que lleven su mensaje a través de la Palabra, ya sea hablada o escrita.

“Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.” (1 Co 1.21).


1.3.3. El propósito del mensaje

1.3.3.1. Salvar a los pecadores

En cuanto a uno de los propósitos es que Dios utilice su Palabra expuesta para impartir fe a los oyentes y así puedan obtener la salvación.

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” (Ro 10.17).

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.” (Ro 1.16-17).

Nadie es justo ante Dios. La única manera de ser vistos como justos es confiando en la perfecta Justicia de Cristo, la cual al sernos imputada nos hace aceptos ante Dios, por eso es incorrecto decir al pecador que acepte a Cristo, ya que Cristo o Dios no deben ser aceptados por los indignos pecadores sino que los pecadores deben ser aceptados por Dios ya que han sido ellos los que le han dado la espalda.

“según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Ef 1.4-6)

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5.1).

Nuestras obras, del griego “energeia”, lo cual implica cualquier acción humana, tampoco nos pueden hacer salvos. Solo somos salvos por la fe, lo cual no quiere decir que por la fe alcancemos la gracia sino que por la gracia de Dios recibimos la fe que nos hace salvos y todo esto es un don de Dios.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Ef 2.8-9).


1.3.3.2. Dar crecimiento a los creyentes

Todo aquel que ha sido engendrado por Dios es una nueva criatura pero no basta con nacer, también hay que crecer. Si Dios ha utilizado su Palabra como medio de gracia para darnos la fe que nos hace salvos no es menos cierto que esa misma Palabra y el ahondamiento en su conocimiento es el medio que también utiliza para hacernos crecer. El cristiano que no estudia Las Escrituras no crece espiritualmente y su conocimiento queda bastante limitado, por lo cual, aunque haya recibido una nueva vida no deja de ser un infante en la fe.

“De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía” (1 Co 3.1-2).

“Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír. Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.” (Heb 5.11-14).

Observamos en este último texto que la base del discernimiento espiritual no está fundamentada en sensaciones o impresiones subjetivas del individuo. No es lo que uno siente sino lo que enseña La Escritura. El que a alguien le de escalofrios o se le ericen los pelos no es indicativo de que Dios esté presente ¿Acaso no les sucede lo mismo a los idólatras cuando adoran a sus ídolos? ¿O a los espiritistas cuando visitan al vidente de turno? El discernimiento no es experimental sino racional y bíblico. Los que no estudian las Escrituras siguen siendo niños incapaces de discernir la verdad del error y pueden estar revolcándose como cerdos en el lodo de la mentira pensando que están disfrutando de la verdad.

Ahora bien ¿Qué implica el crecimiento? Además del discernimiento, el crecimiento implica responsabilidad y servicio. El que es niño es egoísta y no piensa en lo que puede hacer para la obra de Dios sino en lo que la obra de Dios puede hacer por él. Cuando se alcanza la madurez se toma conciencia de que hay que aportar para el bien de la casa y esto en todos los sentidos. Ningún bebé sale a trabajar para contribuir en su casa, solo se limita a llorar y patalear, luego empieza a aprender a caminar y solo sabe tocar lo que no debe y no para de darse golpes y así hasta que va creciendo. Esto mismo sucede con el novato. Los cristianos que son inmaduros se comportan de manera similar.

Cuando se es adulto se empieza a contribuir para el bien de los que viven en la misma casa, y de igual manera los cristianos que van madurando comienzan a desarrollar sus dones en beneficio de los demás, se preocupan de la obra de Dios y de su crecimiento. Este es el resultado de la buena alimentación recibida por los creyentes de manos de sus ministros.

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar [hacer madurar] a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.” (Ef 4.11-16).

Hay algunas características del crecimiento que se mencionan en estos textos y cuál es su objetivo, a saber:

¬ Hacer la obra del ministerio. Esto hace referencia al ministerio común de anunciar al mundo las virtudes de Cristo. Llevar el evangelio como si fuera nuestro calzado. Vayamos donde vayamos anunciar a Cristo.

¬ Para la edificación del Cuerpo de Cristo. Que sean capaces de dejar de morderse unos a otros y que todo lo que hagan y digan contribuya a edificar al hermano.

¬ Capacitarnos para la unidad en la fe, de manera que compartamos un mismo credo sin cismas ni divisiones.

¬ Para que ya no seamos niños fluctuantes, fáciles de engañar por los falsos maestros que acechan al rebaño.

¬ Para que sigamos la verdad en amor, porque el conocimiento sin amor envanece pero el amor edifica, pues quien no ama no conoce a Dios.

¬ Que nos sujetemos a la Cabeza de la Iglesia, es decir, Cristo. La madurez implica humildad y sujeción al Señorío de Cristo.


1.3.3.3. Formar nuevos ministros

“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” (2 Tim 2.2).

Otra de las tareas y razones de ser del ministerio cristiano es la formación de nuevos ministros a quienes les sea confiada la Palabra de Dios según la capacidad que el Señor les haya dado.

Aquí Timoteo recibe el encargo de seguir transmitiendo, a aquellos que son llamados por Dios al santo ministerio, las doctrinas cristianas expuestas por los apóstoles.

Ningún ministro cristiano quedará en este mundo para siempre y la obra tiene que continuar en buenas manos, por eso el apóstol san Pablo se muestra preocupado y pide que estos futuros ministros sean ante todo hombres fieles. La primera cualidad tiene que ver con su carácter, la fidelidad a Dios, a su Palabra, a su familia y a la iglesia. La segunda cualidad tiene que ver con sus capacidades docentes de manera que sean idóneos para enseñar también a otros. Toda la fidelidad y amor del mundo no son suficientes para estar al frente de la Obra de Dios si carece de conocimiento, y peor aún sería que tuviese conocimiento pero no fuese fiel a su Señor, así que, como el cuerpo no vive sin el alma, una cosa no puede ser sin la otra.

Podríamos decir que aquí el apóstol Pablo está hablando de, lo que con el paso del tiempo, se han llegado a conocer como Seminarios o Institutos Bíblicos. Es muy importante que un Ministro de Culto, además de ser fiel al Señor, tenga una formación bíblica, teológica y pastoral. Los títulos concedidos en estas instituciones no hacen más sabio al estudiante, si no lo ha hecho para el Señor y si éste no ha recibido la gracia suya como para entender Su Palabra, de manera que hay que hacer desaparecer de las iglesias cristianas el concepto de que un seminario es una fábrica de pastores. Los dones los da el Cristo resucitado y, en base a ese llamamiento y santa vocación, la persona llamada hace bien en formarse y pulirse en dichas instituciones. Los títulos que al final se obtienen no hacen mayor ni mejor cristiano al que ha estudiado sino que, dicho título, acredita que ha estudiado.

El hecho de que algunos alumnos de Seminarios hayan salido deformes no nos exime de la responsabilidad de tomar a estos hombres idóneos y exponerles amplia y claramente todas las ciencias eclesiásticas para su mejor formación y servicio al Señor.

Nótese además que el apóstol siempre habla de hombres, ya que en ningún lugar de la Escritura se da apoyo para establecer mujeres pastoras en las iglesias, básicamente por ser esta una función de gobierno y dirección reservada exclusivamente para los varones. Sobre este asunto comenta:

“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. No permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Tim 2.11).

Pero este mandato apostólico no solo excluye a las mujeres para exponer la Palabra, sino también a aquellos hombres que no han sido llamados por Dios específicamente para dicha tarea como pastores-maestros o evangelistas, después de haber desaparecido el ministerio fundacional de apóstoles y profetas (Ef 2.20). Solo los que creen en la vigencia de apóstoles y profetas en este tiempo serán capaces de conceder el púlpito a otras personas aparte de las mencionadas, pues no hay otro argumento escritural para tal práctica.

Por tanto también a ellos es aplicable esta palabra, es decir, que aprendan, que no enseñen y que no ejerzan autoridad en la iglesia pues para dichas tareas ya Dios ha dispuesto a sus pastores-ancianos y, en otros casos, también evangelistas.*

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* Entiéndase como evangelistas a misioneros, fundadores de iglesias locales nuevas o carentes de pastores-ancianos.

El Ministro como Director del Culto

Autor: Pastor Juan Sanabria


La Palabra de Dios enseña que los presbíteros (o ancianos) están al frente de la obra de Dios para dirigirla o gobernarla.

“Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar.” (1 Tim 5.17).

“Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan” (1 Ts 5.12).

Aquí la palabra “gobiernan” en griego es proestôten y “presiden” es proistaménous, provenientes a su vez del fonema proistemi que se traduce literalmente como “estar de pie al frente”. Con esto se da a entender que la dirección del culto no la puede tomar cualquier hermano sino aquellos que gobiernan y preferentemente los que se dedican a esta tarea trabajando en la predicación y la enseñanza. Hay dos extremos a evitar dentro del culto cristiano en relación a su dirección en cuanto al servicio se refiere, a saber:


1. Que cualquier hermano/a presida la reunión.
Esto es antibíblico, ajeno a lo que enseñan Las Escrituras pues solo los ministros en su función de dirigentes están legitimados por Dios para dicha tarea.


2. Que nadie presida la reunión.
Es el lado opuesto del anterior. En algunas iglesias el misticismo, más que espiritualidad, es tal, que piensan que Cristo está presente dirigiendo la reunión a expensas de las personas que Él mismo estableció para dicha tarea. Por esta causa en su liturgia no es extraño ver el púlpito vacío sin haber un ministro que oficie el culto a Dios como su representante.


3. El modelo bíblico.
Por tanto, lo que enseñan las Escrituras es que, según se adoptó de la costumbre de las sinagogas, sean los ancianos-maestros, también llamados pastores-maestros (Ef 4.11) los que tomen dicha tarea.

Un ejemplo seguido por los cristianos en base al modelo de las sinagogas judías lo podemos ver en el libro de Hechos, donde los ancianos dan lugar a otros maestros para que compartan la Palabra de Dios.

“Habiendo zarpado de Pafos, Pablo y sus compañeros arribaron a Perge de Panfilia; pero Juan, apartándose de ellos, volvió a Jerusalén. Ellos, pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia; y entraron en la sinagoga un día de reposo y se sentaron. Y después de la lectura de la ley y de los profetas, los principales de la sinagoga mandaron a decirles: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad.” (Hch 13.13-15).

En este texto vemos a los principales de la sinagoga (ancianos) dándole la parte a Pablo para que hablara las Escrituras, reconociendo en él a ese gran rabino que había sido discípulo de Gamaliel.

En lo que respecta a los cantos, y siendo que nadie actúa para la iglesia sino que todos cantan hacia Dios, el Ministro solo está al frente como quien preside la reunión pero el canto es congregacional, toda la iglesia canta, no hay artistas ni espectadores sino una iglesia que canta unánime a Dios bajo la dirección del siervo que el Señor ha puesto al frente de Su Casa.

El Ministro de Culto, mayordomo de Dios

Autor: Pastor Juan Sanabria


Ya explicado el asunto de que quien no ha sido llamado por Dios para hablar Su Palabra no debe hablarla paso a explicar de manera sencilla la función del Ministro de culto o Ministro de la Palabra.

El apóstol Pablo dice que los ministros de Dios son administradores o mayordomos sobre la casa de Dios.

“Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.” (1 Co 4.1).

“Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios…” (Tit 1.7).

En ambos textos la palabra administrador aparecen en el texto griego bajo el fonema “oikonomos”. Esta es una palabra compuesta por oikos que significa “casa”, y nomos que significa “ley”, con lo que se da a entender que el Ministro es la persona puesta por Dios para que se aplique la ley en su casa, es quien pone las normas y la gobierna por delegación divina. La versión latinizada del término es “mayordomo”, también una palabra compuesta por maior que significa “mayor” y “domo” de donde viene la palabra “doméstico” y que significa “casa”. Con este adjetivo se identifica al Ministro como “el mayor de la casa” y por tanto responsable de la misma en ausencia de su señor.

Sobre esto habla nuestro Señor en la parábola de los dos mayordomos, donde uno es fiel y otro es infiel (Mt 24.45-51). En esta parábola vemos cómo el Señor pone a un mayordomo al frente de su casa, no solo para gobernarla sino para alimentar a los que en ella habitan. Estos también sirven al Señor pero solo el mayordomo es encargado de impartir el alimento, con lo cual se da una clara referencia a la iglesia y a sus ministros cuya responsabilidad es alimentarles con la Palabra de Dios. Nadie fuera de ellos están legitimados para hacer dicha tarea. Esto También lo vemos en el milagro de la multiplicación de los panes y los peces cuando Jesús les dice a sus apóstoles “dadles vosotros de comer”.

“¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo?” (Mt 24.45).

Esta parábola nos habla de las características principales de este siervo: “fiel y prudente”. Esto coincide con lo dicho por san Pablo en 1 Co 4.1 donde el administrador debe ser fiel. Primeramente fiel a su Señor y a su Palabra, fiel a su esposa, fiel a la iglesia, en resumen, fiel en todo. Y además debe ser prudente o sabio para administrar los bienes encargados por su Señor.

Cristo habla del siervo como alguien puesto “sobre su casa”, lo cual indica un plus de autoridad sobre sus demás consiervos que están junto con él en la misma casa. Aquí “sobre” quiere decir por encima, el que gobierna.

Y en tercer lugar nos habla de su tarea: “para que les dé el alimento a tiempo”. Les corresponde a los ministros de Dios alimentar al rebaño de Dios con los verdes pastos de su Palabra. Esto fue lo que el Señor le encomendó al apóstol Pedro después de haberle restaurado de su pecado cuando le negó tres veces.

“Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.” (Jn 21.15-17).

El pastoreo no consiste en otra cosa más que en guiar al pueblo de Dios y alimentarles con su Palabra, y esto, tanto a los corderos, los niños de la iglesia, como a las ovejas, los que ya son adultos. Los pastores deben supervisar el alimento que otros consiervos, como agentes de la pastoral, están impartiendo al rebaño de Dios (me refiero a maestros de escuelas bíblicas). Si los pastos están envenenados será responsabilidad del mayordomo que las ovejas estén raquíticas, enfermas o moribundas, por las cuales tendrá que dar cuentas a Aquel que las compró con Su propia sangre.

El ministerio de la Palabra y el sacerdocio común

Pastor Juan Sanabria Cruz


La parte más importante del culto es la ministración de La Palabra de Dios. Cuando cantamos u oramos estamos abarcando el tiempo que le damos nosotros a Él, pero cuando atendemos a Su Palabra se está ocupando el tiempo que le damos a Dios para que trate con nosotros. Debido a esto, y a nuestra necesidad espiritual, el tiempo dedicado a la lectura y exposición de la Palabra de Dios debe ser proporcionalmente mayor al tiempo de los cantos y las oraciones. A modo de orientación podemos decir que, si un culto dura 1 hora, el tiempo para la Palabra debe ser al menos de 40 minutos. Las iglesias en la que solo se dedican a cantar y cantar ignoran la importancia de entregarle la parte a Dios para que nos hable.


1. ¿Cualquiera puede hablar la Palabra de Dios?

Existe en muchas iglesias la costumbre de poner en el púlpito a cualquier hermano/a para que exponga la Palabra de Dios ¿Es esto correcto?

Ya en el A.T. Dios advertía sobre el peligro de aquellos que hablaban su Palabra sin que Él les hubiera enviado específicamente a dicho servicio.

“El profeta que tuviere la presunción de hablar palabra en mi nombre, a quien yo no le haya mandado hablar, o que hablare en nombre de dioses ajenos, el tal profeta morirá.” (Dt 18.20).

Nadie que Dios no le haya mandado hablar debe dirigirse al pueblo de Dios como su representante. El texto nos señala que este no sería un verdadero mensajero sino un presuntuoso, es decir, alguien que tiene un concepto de sí mismo que no es. En aquel entonces, el falso profeta, era castigado con la muerte física, tipo del juicio eterno de Dios donde serán lanzados todos los que hablan sin haber sido enviados por Él. Antes la muerte era física pero ahora es eterna, aunque Dios les permita vivir pecando mientras esté en el cuerpo.

En el A.T. les fue encomendado a los sacerdotes la misión de comunicar al pueblo las palabras de Dios, lugar que ahora ocupan los pastores y maestros dentro de la iglesia cristiana.

“Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos” (Mal 2.7).

El apóstol Pablo equipara a los sacerdotes del A.T. con los ministros del N.T., al defender el derecho de los mismos a vivir de la obra de Dios siempre que éstos estén dedicados a ella como sus mensajeros.

“¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar, del altar participan? Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio” (1 Co 9.13-14).

Con esto se hace una clara referencia al ministerio específico dentro de la iglesia y su labor en la misma. En gran medida la libre participación de los hermanos en el culto viene precedida por un concepto errado del sacerdocio común de todos los creyentes. Este parecía ser también el problema de los desordenados hermanos de Corinto que desembocó en la participación de pseudoprofetas y presuntuosos que no entendían estas cosas y a los cuales san Pablo se dirige diciendo con ironía:

“Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor.” (1 Co 14.37).

Esto nos da a entender que no todos los profetas de aquella comunidad lo eran realmente sino que en una actitud presuntuosa creían que lo eran. Ahora bien ¿En qué consiste entonces el sacerdocio común?


2. ¿En qué consiste el sacerdocio común?

La base de esta doctrina se extrae principalmente de la 1ª epístola del apóstol Pedro que reza como sigue:

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1 Pe 2.9-10).

Al leer este texto muchos han creído que, al igual que en el A.T., todos los cristianos son sacerdotes en el sentido de que todos pueden ministrar la Palabra de Dios en la iglesia reunida, pero no es eso lo que enseña el texto.

Lo que este texto nos enseña es que ya no tenemos la necesidad de un sacerdote-mediador que presente sacrificio a Dios por nuestros pecados aparte de nuestro Señor Jesucristo. En este sentido, Cristo es el único Sacerdote sobre la casa de Dios y además es la víctima por nuestros pecados, de manera que no necesitamos a ningún hombre para tener acceso a Dios como sucedía en el A.T. y como enseña aún la iglesia Católica de Roma. Ya Cristo se presentó ante Dios como sacerdote perfecto y simultáneamente como el Cordero que fue sacrificado por nosotros. Este concepto del sacerdocio mediático es permanente con Cristo e insustituible.

“Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto. Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.” (Heb 7.22-27).

Nadie necesita a un Ministro de Culto para acercarse a Dios y obtener el perdón de sus pecados como enseña la Iglesia de Roma sacrificando constantemente a Cristo en el acto blasfemo de la Misa. Ya Cristo hizo su sacrificio una sola vez y para siempre. Él es nuestro Sacerdote pero esto no quiere decir que el concepto del sacerdote veterotestamentario como maestro e instructor del pueblo de Dios haya desaparecido, como tampoco quiere decir que al ser todos sacerdotes lleguemos al error de creer que todos somos pastores y maestros unos de otros. De modo que el púlpito no puede ser utilizado por cualquiera. Si en el A.T. Dios santificó a los levitas para esta función ahora lo ha hecho con los pastores y maestros en virtud de los dones que el Cristo resucitado ha impartido sobre su iglesia (Ef 4).

Por tanto, el hecho de que todos los cristianos seamos sacerdotes o pueblo de sacerdotes quiere decir:

2.1. Que debemos presentarnos a nosotros mismos ante Dios como un sacrificio vivo, haciendo morir nuestro ego para hacer su voluntad (Ro 12.1).

2.2. Que debemos ofrendar con sacrificio para el progreso de la obra de Dios ayudando a aquellos que trabajan en el ministerio (Fil 4.17-19).

2.3. Que cantemos a Dios con excelencia sacrificando alabanzas a su nombre y haciendo confesión del mismo (Heb 13.15).

2.4. Que debemos practicar las buenas obras hacia los hermanos en un sacrificio de esfuerzo, amor, servicio y generosidad (Heb 13.16).

2.5. Que anunciemos al mundo la obra de Dios en Cristo para la extensión de su reino de gracia sobre la tierra (1 Pe 2.9).

En estos puntos se resumen lo dicho por el apóstol Pedro sobre el sacerdocio de los cristianos:

“Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe 2.5).

Fuera de estos cinco puntos no encontramos nada más sobre el sacerdocio del creyente en el N.T., por tanto no debemos añadir a lo que está escrito y revelado por Dios en Su Palabra no sea que también su ira sea añadida sobre nosotros en el Día del Juicio.


3. El sacerdocio común no es exclusivo del Nuevo Testamento

Muchos cristianos han malinterpretado, en vista del punto anterior, el concepto que los reformadores tuvieron de ver a la iglesia como un sacerdocio llevando al cristiano llano a convertirlo en un Ministro. El argumento es que si ahora todos somos sacerdotes entonces tenemos todas las competencias que tenían los sacerdotes del AT. Sin embargo la doctrina del sacerdocio común no es algo que aparezca como novedoso en el NT. Ya en el AT Dios había hecho referencia a su pueblo Israel como una nación de sacerdotes, lo que luego en el NT sería aplicable a la iglesia de Cristo.

“Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.” (Ex 19.6).

A pesar de estas palabras, el pueblo nunca entendió que todos fueran ministros unos de otros, porque para ello Dios había apartado a los levitas, a quienes les fue entregado el sacerdocio como Ministros en las cosas sagradas.

El sacerdocio dado por Dios a Israel tenía una implicación universal ¿Qué quiere decir esto? Ellos fueron escogidos por Dios para ser depositarios de la palabra revelada por el Dios vivo y verdadero.

“¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios.” (Ro 3.1-2).

Aunque esta revelación de la Palabra de Dios les fue confiada a ellos, a diferencia de lo que piensan los dispensacionalistas, los destinatarios eran todos los hombres de la Tierra y en este sentido es que Israel tenía que anunciar a su Dios como el Dios de todos los hombres. Esto también tiene que ver con la revelación de la Ley de Dios, que , aunque fue dada a Israel, era para todas las naciones, de modo que Dios les demandaba y demanda a todos los hombres del mundo la sujeción a la misma y no solo a los judíos.

Israel perdió de vista este objetivo y el celo por su Dios les llevó a despreciar a las naciones haciendo la Palabra como algo exclusivo de ellos. Sin embargo Dios habló a través del profeta Isaías diciendo que para Él era poco ser solamente el Dios de Israel y que su gloria tenía que extenderse por toda la tierra según su designio inicial.

“Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra.” (Is 49.6).

Aunque Israel fracasó en este servicio a su Dios como una nación de sacerdotes el plan de Dios no falló, ya que en Su Hijo Jesucristo se cumplen las palabras del profeta. Así, pues, Jesús, el Rey de los judíos extiende el Reino de Dios por toda la Tierra cumpliendo el objetivo del Padre al ser la Luz del mundo y el Salvador de las naciones. Así lo confirmó Simeón al tomar al niño en sus brazos después de haber sido presentado en el Templo diciendo:

“Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra;
Porque han visto mis ojos tu salvación,
La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;
Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel.” (Lc 2.29-32).


Aquí tiene también su cumplimiento el comienzo del Reinado Universal del Señor, en el cual su Ley saldría de Jerusalén, es decir, la Iglesia de Cristo, para extenderse por todo el mundo según lo dicho por el profeta:

“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová.” (Is 2.2-3).

En este texto las referencias al monte indican el Reino de Cristo y la Casa del Dios de Jacob es sin duda su Iglesia (1 Tim 3.14-15), que además anuncia su Ley, la cual no es eliminada por el evangelio sino confirmada por el mismo según el mandamiento de Cristo (Mt 5.17-18; Ro 3.31).

Ahora, la iglesia de Cristo, como real sacerdocio, anuncia a todas las naciones la Palabra de Dios, de manera que Dios cumple su plan tras el fracaso de los israelitas.

Pero, tal y como se entendió en el AT, los primeros cristianos siempre dejaron lugar a los Ministros de la Palabra para que fuesen ellos quien, de parte de Dios, administraran la Palabra y los Sacramentos cada vez que la iglesia se reuniese pero sin tomar el lugar que solo a los que Dios había llamado les correspondían. Entendieron que bajo el sacerdocio común podían y debían hablar de Cristo con todas las personas y esto hicieron cuando fueron perseguidos y esparcidos por causa de Saulo de Tarso.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hch 8.4).

“Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor.” (Hch 11.19-21).


En ambos textos vemos a la iglesia cumpliendo su misión sacerdotal de anunciar al mundo las virtudes de Cristo, y a pesar de que en ambos casos surgieron iglesias nadie se atrevió a erigirse como Ministro de la Palabra sin haber sido llamado específicamente para ello. De manera que recurrieron a sus hermanos de Jerusalén para que les ayudaran y enviaran hombres llamados para dicha función.

“Llegó la noticia de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía. Este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor. Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue agregada al Señor. Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y hallándole, le trajo a Antioquía. Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía.” (Hch 11.22-26).

Por tanto, el sacerdocio común no legitima a nadie para hablar la Palabra de Dios en la iglesia como predicador y/o maestro haciendo funciones pastorales a menos que Dios le haya llamado, apartado y capacitado para ello. Solo los pastores-maestros como administradores de Dios tienen dicha prerrogativa.

Poner a hablar la Palabra de Dios en la iglesia o por las casas a personas que no tienen preparación espiritual y formación teológica es lo que está llevando a la apostasía a la iglesia cristiana de los siglos XX y XXI. Por lo cual, debemos volver al patrón bíblico si no queremos perecer a causa de nuestra falta de sabiduría.

Las oraciones y el orden en el Culto

Autor: Pastor Juan Sanabria

La Palabra de Dios nos enseña que uno de los ingredientes del culto cristiano son las oraciones:

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.” (Hch 2.42)

Respecto a cómo debemos de orar Las Escrituras nos dejan una serie de pautas a seguir, a saber:

1. Debemos orar a Dios Padre en nombre de su Hijo.

Cuando oramos debemos dirigirnos a Dios Padre y no a Su Hijo. Es un error orar a Cristo ya que Él no es el fin de nuestra oración sino el medio de la misma. Con esto quiero decir que Jesús se presenta a sí mismo como el Camino para llegar al Padre (Jn 14.6). El apóstol Pablo dijo respecto a la oración que Cristo es el Mediador pero que el objetivo es acercarnos al Padre.

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim 2.5).

“Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” (Heb 7.23-25).

El mismo Cristo nos enseñó a dirigirnos al Padre en su oración cuando dijo:

“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos…” (Mt 6.9a).

Y también cuando dijo a sus seguidores:

“Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.” (Jn 14.13)

Así que damos por zanjado este punto aclarando que no hay fundamento bíblico para dirigir nuestras oraciones al Hijo o al Espíritu Santo.

Es muy importante aclarar que tampoco debemos caer en el error de los unitarios o modalistas pensando que al hablar con Jesús estamos hablando con el Padre o viceversa, pues, aunque creemos en un Dios en tres personas, estas personas no deben ser confundidas. Esta herejía puede ser trasmitida por hermanos que no saben orar y que le dicen al Padre que Él murió en la cruz por nosotros o se dirigen a Jesús como el Padre.

No podemos decir ¡Padre porque tú moriste por mí! o ¡Jesús, tú eres nuestro Padre! No debemos confundir las personas de la Trinidad en nuestras oraciones.


2. Debemos evitar orar como los hipócritas.

Jesús dijo:
“Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.” (Mt 6.5).

Vine comenta acerca de un hipócrita y lo define según el contexto griego diciendo “que se corresponde a un actor en escena. Era costumbre entre los actores griegos y romanos hablar en grandes máscaras con dispositivos mecánicos para aumentar la potencia de la voz; de ahí este término vino a usarse para denotar a un engañador, un hipócrita.”[1]

Al hablar de amplificar la voz y dramatizar nos habla de una persona que lo que busca es hacerse notar y llamar la atención. Mal asunto cuando en una iglesia todos están pendientes del orante por sus gritos, aspavientos, exageraciones y otras artimañas para llamar la atención sobre sí mismo haciendo que el pueblo quite la mirada del Señor. Al usar una máscara (actitud hipócrita) demuestra que no se muestra tal cual es, sino que quiere presumir de una espiritualidad falsa que no posee. Su objetivo es ser visto por los hombres pero carece de una relación verdadera con Dios.

Tampoco parece que la Biblia apoye eventos donde la iglesia se quiera hacer notar por sus clamores públicos adoptando así una actitud farisaica. La oración no va dirigida a los hombres sino a Dios, por eso es que debemos evitar a toda costa hacer de un clamor de oración un espectáculo para hacer censo y querer impresionar. La oración ha de ser en humilde súplica y ante Dios. Ya es el tiempo de que los espectáculos abandonen las iglesias o que, como dijo Moody, las iglesias abandonen a los pastores que no se ciñen a La Escritura.


3. Debemos evitar las vanas repeticiones y las palabrerías.

Jesús dijo:
“Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.” (Mt 6.7).

Aquí nuestro Señor quiere evitar las repeticiones vanas o inútiles. Esto sucede mucho en esas muletillas que solemos tener muchos cristianos al orar cuando repetimos mil veces la palabra Señor, Padre, etc. Esto nos puede llevar a pecar contra el tercer mandamiento de su Ley que nos amonesta a no usar su Nombre en vano.

¿Cuántas veces no nos ha sucedido que nos dirigimos a Dios y le decimos: Señor porque tú sabes Señor que yo te amo Señor por eso es que te pido Señor…? Estos malos hábitos deben ser corregidos en nuestra vida de oración porque no orar como nuestro Dios nos manda se nos convierte en pecado.

También se producen vanas repeticiones cuando alguien ha orado por algún asunto en particular y luego va otro hermano y repite lo mismo. Esto es como invalidar la oración del que oró primero, además de considerar a Dios como alguien olvidadizo al que hay que recordarles las cosas.

También Cristo quiere evitar que sus seguidores oren como los paganos haciendo uso de palabrerías. Ellos pensaban que entre más largas fueran sus oraciones o su tiempo de oración serían mayormente escuchados.

Este pensamiento ha calado fuertemente en sectores de la iglesia contemporánea e incluso algunos hermanos se preguntan entre sí sobre cuánto tiempo han orado ese día para rivalizar, creyendo que a mayor tiempo mayor espiritualidad o mayor recompensa y manifestación divina.

También sobre la parlotería escribió el sabio Salomón diciendo:

Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.” (Ec 5.1-2).

No debemos malinterpretar las palabras del sabio pensando que Dios no quiere que su pueblo sea un pueblo de oración, sino que nuestra actitud debe ser correcta.

Hay personas que abusan del tiempo del culto y cuando oran lo hacen excesivamente como si todo lo que tuviesen que haber orado en su casa lo hicieran en el culto, al acercarse a la Casa de Dios. Estas personas tienen un devocional personal muy pobre y cuando llegan a la Casa de Dios se 'inspiran' y empiezan a orar sin tener en cuenta al que ocupa el lugar de oyente. Incluso es probable que tenga que orar por alguna causa específica y común a todos y en lugar de hacer eso, le cuentan a Dios todas las preocupaciones personales acontecidas durante el día. Nunca se debe mezclar la oración personal con la oración comunitaria.

Lo más importante en el culto congregacional no son las oraciones particulares sino el oír la Palabra de Dios.

También existen aquellos que, buscando cómo justificar su miseria espiritual, utilizan estos textos para justificar su falta de fervor. Me refiero, por ejemplo, a hermanos a los que se les dice que oren por la ofrenda u otra cosa y cuando se dirigen a Dios se limitan a decir “Padre, te pedimos que bendigas estas ofrendas, en el nombre de Jesús, Amén”. Esto no es más que una demostración de cuán pobre es la relación que tiene esta persona con Dios y eso en el mejor de los casos, pues también pudiera ser un inconverso que hace un intento de imitar la forma de orar de los conversos.

Si vemos los textos siguientes Salomón dice que en las muchas parloterías viene la voz del necio porque comenzamos a hacer promesas a Dios que luego no cumpliremos, y es sabido que para Dios es más importante la obediencia y el cumplimiento de su Ley que todas las oraciones del mundo.

“El que aparta su oído para no oír la ley, Su oración también es abominable.” (Prov 28.9).

Siguiendo el análisis de Eclesiastés 5 también vemos que en las oraciones con mucha palabrería viene el sueño y el cansancio. Lo cual lleva al orante a desvariar y hablar palabras necias.

Quizás en muchas vigilias de oración organizadas por las iglesias, si no se toman en consideración lo que nos enseñan las Escrituras, hayan más cosas del desagrado de Dios que bendición, aunque el sentir del corazón humano es tan engañoso que nos pueda hacer creer lo contrario.


4. Debemos orar en una lengua conocida

“¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento. Porque si bendices sólo con el espíritu, el que ocupa lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? pues no sabe lo que has dicho.” (1 Co 14.15-16).

Esta carta va dirigida a los cristianos de Corinto aunque el contenido de la misma era aplicable a toda la iglesia universal. En lo que respecta a las oraciones, el apóstol Pablo enseña que orar con el Espíritu no está reñido con orar con el entendimiento. Parece que en aquella iglesia, al igual que muchos sectores de la actualidad, entendían que la oración en el Espíritu era solamente la que se hacía en una lengua extraña. De ser así quien no tuviera el don de lenguas nunca hubieran podido orar en el Espíritu, lo cual es un grave error.

En este texto Pablo dice que se puede orar con el Espíritu pero que a la misma vez debía hacerse de manera inteligible, ya que el propósito de los dones no era la edificación personal sino la edificación de la iglesia.

“Pero a cada cual le es dada la manifestación del Espíritu para provecho mutuo” (1 Co 12.7 RVA).

El don de lenguas es el único que se menciona como para provecho personal, por tanto carece de utilidad en la iglesia, es por eso que Pablo exhorta a buscar los dones mejores, es decir, aquellos de provecho comunitario.

“El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica…” (1 Co 14.4).

Los corintios habían perdido el enfoque de la razón de ser de los dones: el beneficio y edificación de la iglesia. Por tanto al hacer uso del don de lenguas en el culto público manifestaban una actitud infantil buscando solamente la satisfacción personal. También por eso es que Pablo les llama la atención para que no se comporten como niños egoístas e inmaduros.

“Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar.” (1 Co 14.20).

Los corintios, al hablar en lenguas en el culto público, solo ponían en evidencia su falta de entendimiento sobre las cosas espirituales, aunque paradójicamente al hablar en lenguas se consideraban más espirituales en relación con los que no tenían este don.

El apóstol vio que esta actitud era un grave problema en el culto público ¿Por qué? Porque no se buscaba la edificación común ni se aportaba nada a la iglesia, de manera que el orden del culto quedaba distorsionado por estas actitudes erróneas.

“Porque si bendices sólo con el espíritu, el que ocupa lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? pues no sabe lo que has dicho. Porque tú, a la verdad, bien das gracias; pero el otro no es edificado.” (1 Co 14.16-17).

Aquí el Apóstol Pablo tiene en consideración tanto al orante como al oyente porque otra de las cosas que deben quedar claras es que cuando alguien ora lo hace en representación de toda la congregación. En ese momento la oración del orante es la oración de todos los que escuchan para que al terminar den su aprobación con el Amén. Pero estos egoístas solo causaban desórdenes y eran hasta de tropiezo para los visitantes, de manera que ni siquiera los creyentes en su posición de oyentes podían decir Amén a algo que no entendían y que además no aportaban nada para su edificación.

Ahora bien ¿Era esta una norma solo para un problema particular de Corinto? La respuesta es NO.

Al comienzo de la carta en su salutación apostólica san Pablo se dirige a los santos de Corinto junto a todos los santos que en cualquier lugar del mundo invocan el Nombre del Señor, y también es sabido de sobra que las cartas particulares del apóstol se hacían circular por las demás iglesias (Cf. Col 4.16). Pero veamos la salutación a los corintios:

A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Co 1.2).

Con esto se da a entender que esta carta era local pero a la misma vez era universal. En el contenido de la carta quedamos seguros de esto al comprobar los siguientes textos:

“Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias.” (1 Co 4.17).

“Pero cada uno como el Señor le repartió, y como Dios llamó a cada uno, así haga; esto ordeno en todas las iglesias.” (1 Co 7.17).

“Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.” (1 Co 11.16).

Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice.” (1 Co 14.33b-34).

“En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia.” (1 Co 16.1).

Por todos estos textos vemos que las palabras de san Pablo no eran solamente para los corintios sino que eran las normativas de la iglesia universal. Pero ¿Cuál era el problema de fondo de la iglesia de Corinto? ¡Era una iglesia independiente!

Pero antes de abordar este asunto quiero presentar los argumentos para corregir los desórdenes del culto en Corinto.

a. Primeramente, el apóstol Pablo les exhorta a que se le imite, de la misma manera que él imita a Cristo. Probablemente había en la iglesia de Corinto un vacío de poder. En lugar de ceñirse a sus ancianos-pastores y dejarse guiar por ellos iban detrás de los hermanos con más carismas teniendo las consecuencias que ya conocemos.

“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” (1 Co 11.1).

Bajo esta premisa les enseña que él, aún siendo apóstol, no habla en otras lenguas en el culto:

“Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros; pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida.” (1 Co 14.18-19).


b. Prohíbe que todos oren a la misma vez y menos en lenguas desconocidas.

“Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?” (1 Co 14.23).

Es un verdadero desorden y motivo de escándalo que todos oren a la misma vez en voz alta. Esto, en vez de ser una oración comunitaria, no es más que decenas de oraciones individuales hechas todas a la misma vez donde todos son orantes y no hay oyentes que puedan decir amén. Si además se hace en otra lengua peor aún pues, aunque Dios es quien reparte los dones, el receptor es responsable ante Dios de cómo lo ha utilizado (Lc 19.11-27). Los que actúan de esta manera ignoran que el Espíritu es Espíritu de dominio y autocontrol y que no se trata de apagar al Espíritu sino obedecer lo que Él mismo ha inspirado en la Palabra escrita (2 Tim 1.7)

Así pues, el que ora debe hacerlo con el espíritu y en el idioma comprensible.

“¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento.” (1 Co 14.15).


c. Aclara que todo lo que dice son mandamientos universales del Señor.

“Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor.” (1 Co 14.37).

Esto es de suma importancia, ya que saltarse las normas litúrgicas dadas por el apóstol en este capítulo es ir contra los mandamientos del Señor y por tanto quien los quebranta comete pecado.

Añado, que como ya hemos venido explicando, las palabras dichas por el apóstol no eran solo para aquella época ni exclusivamente para los corintios, sino para todos los cristianos de todos los tiempos.


d. Disciplinad a los opositores.

Pablo no quiere que sus palabras sean pasadas por alto, pues sabe que lo que habla lo hace por inspiración divina pero también es conciente de que los corintios son flojos en la disciplina y les exhorta a que se le dé de lado a cualquier persona que presumiendo de ser profeta o espiritual vaya en contra de las palabras expuestas por el apóstol.

“Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor. Mas el que ignora, ignore.” (1 Co 14.37-38).

Aquí la expresión “mas el que ignora, ignore” no quiere decir que tal profeta permanezca en su ignorancia, sino que sea ignorado como tal, de manera que no se le dé participación en el culto.

La Biblia Dios habla hoy lo traduce de la siguiente manera:

“Si alguien se cree profeta, o cree estar inspirado por el Espíritu, reconocerá que esto que les estoy escribiendo es un mandato del Señor. Y si no lo reconoce, el Señor tampoco lo reconoce a él.” (1 Co 14.37-38 DHH).

En el texto griego no se menciona al Señor, como añaden los traductores de esta versión. Más bien creo que se trata de una restricción que debe ser llevada a cabo por la iglesia de manera que no se le reconozca como persona espiritual ni como profeta.


e. El resumen de las normas del apóstol.

Pablo termina con unas palabras sencillas pero contundentes:

“…pero hágase todo decentemente y con orden.” (1 Co 14.40).

Sobre este asunto el Dr. José Luis Fortes comenta:

La improvisación está reñida con la planificación y preparación que requieren las cosas de Dios. La propia vida cristiana debe ser enfocada de manera que haya un propósito y los medios adecuados para alcanzarlo (1 Co 9.26). De igual manera cada acto o parte del culto debe ser previamente organizada y preparada. Por lo general, detrás de la improvisación está la falta de respeto a Dios, la falta de respeto al prójimo, la desidia, la pereza y la ignorancia. Eso es lo que nos muestra tanto la parábola de las diez vírgenes como la de los talentos (Mt 25.1-30). En ambos casos las personas que se mencionan se habían preparado antes de presentarse ante su Señor. Dios nunca suple con su poder la negligencia humana. Dios bendice a los que se esfuerzan y premia a los que procuran hacer las cosas bien.[2]


5. El orante y el oyente

Al hablar de la oración, el apóstol Pablo menciona a dos grupos de personas, los orantes y los oyentes.

El orante, cuando ora, lo hace en representación de toda la congregación (1 Co 14.16-17), de manera que su oración es la oración de todos, por eso siempre debe dirigirse a Dios como nos enseñó el Señor diciendo “Padre nuestro” y no “Padre mío” o “Señor nuestro” y no “Mi Señor”.

Mientras el orante eleva su oración, los demás ocupan el lugar de oyentes para luego respaldar con un Amén. Esto no significa que el oyente sea un oyente inactivo o completamente pasivo, sino que está en plena sintonía con el orante teniendo conciencia que aquella oración es su oración y la del resto de la iglesia.

El objetivo del orante cuando ora no es solo hacia Dios sino también hacia la congregación. Dice el apóstol Pablo que el orante debe edificar a los que oyen (1 Co 14.17) de manera que debe orar correctamente aportando conocimiento a los que le escuchan.

Por este motivo deben ser los ministros quienes dirijan las oraciones en el culto público.

- Primeramente porque a ellos les ha sido dada la tarea de la edificación del cuerpo:

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef 4.11-12).

- Segundo. Por el lugar que tienen de representatividad. Los Ministros de Culto, llamados, capacitados y apartados por Dios son escogidos para representarle a Él ante el pueblo y viceversa. Esto no lo entendían los corintios y muy probablemente habían confundido o malinterpretado el concepto del “sacerdocio común”. De ahí que el apóstol Pablo insistiera en las dos cartas destinadas a esta iglesia en el ministerio específico y sus funciones. Esto lo podemos ver en textos como los siguientes:

“Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” (1 Co 3.9).

“Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4.1).

“Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.” (2 Co 3.4-6).

En estos textos, y en otros muchos que aparecen en Las Escrituras, Pablo define a los Ministros de culto como colaboradores de Dios, administradores de Dios y argumenta que dicha competencia proviene de Él. De manera que el Ministro, no es un mediador, pero sí un representante de Dios y mayordomo sobre Su Casa, que es la iglesia, y por tanto responsable y dirigente de su culto.

Ya en el antiguo pacto los sacerdotes habían entendido esta posición de representatividad, por eso el profeta Samuel dijo estas palabras:

“Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto.” (1 Sam 12.23).

En este texto, el profeta Samuel habla de dos tareas fundamentales que como Ministros tiene en relación al pueblo de Dios: La oración y la instrucción en La Palabra. Esto no cambia en el Nuevo Testamento y así también lo entendieron los apóstoles del Señor en su función pastoral al decir las siguientes palabras:

“Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.” (Hch 6.4).

La similitud existente entre los ministros del antiguo y el nuevo pacto nos dejan perplejos y a la misma vez nos lleva a no pensar más allá de lo que está escrito.

Ahora bien ¿Qué quieren decir los apóstoles al decir que ellos se van a dedicar a la oración y la Palabra? ¿Se referirán a su vida personal? Es evidente que no, pues es tarea de todos los cristianos orar y estudiar las Escrituras, pero siguiendo la línea de pensamiento proveniente del antiguo pacto sobra decir que también ellos entendieron que las oraciones y las tareas relacionadas con La Palabra en el culto público no eran competencia de neófitos sino de personas apartadas para el santo ministerio.

Por tanto concluimos afirmando que en el culto las tareas de oración y Palabra les corresponden a personas apartadas para este santo ministerio como pastores y maestros de la grey.

Para la participación de las oraciones por parte de los miembros laicos están las reuniones de oración. Estas reuniones eran más privadas que las ordinarias y eran más bien para la iglesia con el fin de buscar fortaleza en el Señor para hacer frente a las tribulaciones que siempre la han asaltado. Veamos algunos ejemplos.

Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.” (Hch 1.14).

Esto sucedió antes de la venida del Espíritu Santo. Los discípulos estaban aterrorizados ante las amenazas de judíos y romanos. Para hacer frente a esta situación se reunieron para buscar fortaleza en el Señor.

“Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración.” (Hch 3.1).

Siguiendo la costumbre judía de orar a media tarde también los apóstoles se acercaban al Templo para orar juntos. Es muy probable que allí se encontraran con muchos hermanos con este mismo fin.

En Hechos 4.23-31 también vemos que la iglesia, al ver que Juan y Pedro habían sido encarcelados, se habían reunido expectantes de cuál sería su destino y al ver que habían sido amenazados de muerte oraron juntos y fueron llenos del Espíritu Santo.

Lo mismo sucede en Hechos 12.12. Pedro estaba en la cárcel, mientras tanto los cristianos se reunieron para orar por él.

“Y habiendo considerado esto, llegó a casa de María la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban reunidos orando.”

En Filipos las mujeres se congregaban para orar juntas. Al no haber hombres no podían fundar una sinagoga ni hablar la Palabra de Dios, así que se reunían para orar. Pablo también fue a esta oración comunitaria, pero siendo él un Ministro del Evangelio les habló la Palabra de Dios.

“Y un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido.” (Hch 16.3).

Con todo lo leído vemos que los primeros cristianos tenían sus reuniones específicas para orar y donde todos los que sabían orar lo podían hacer bajo la supervisión de sus pastores, pero no eran cultos públicos con predicación de la Palabra a excepción del caso de Filipos donde se habla de una tarea evangelística del apóstol Pablo.

En todas estas reuniones de oración se respetaban las normas apostólicas tal y como Pablo había enseñado a los corintios.

El problema de los corintios era que no seguían la práctica común de las demás iglesias porque se consideraban autosuficientes y mientras todas las iglesias seguían un mismo camino, los corintios iban por otro. Esto les llevó a considerarse una iglesia independiente.


6. Los Corintios: Una iglesia independiente

Como decía anteriormente, el gran problema de Corinto, al igual que muchas iglesias de la actualidad, es que eran independientes. Su visión de la iglesia universal era muy pobre, por no decir nula, de ahí que san Pablo tuviera que repetir tantas veces que los que a ellos les decía, se los decía a todas las iglesias.

Es erróneo pensar que una iglesia local es completamente la iglesia de Cristo. La iglesia local es “parte” de la única Iglesia de Cristo, por tanto las iglesias “independientes” atentan contra la doctrina de la Iglesia Universal como un Cuerpo.

Aunque es cierto que las iglesias cristianas gozaban de bastante autonomía sin embargo eran parte las unas de las otras y se sometían mutuamente a través de sus ministros, los cuales congregados en Asambleas, Concilios o Sínodos acordaban lo que todas las iglesias debían asumir como normas universales. Un claro ejemplo lo tenemos en Hechos 15 donde reunidos todos los Presbiterios junto a los Apóstoles tomaron decisiones que fueron enviadas a todas las iglesias.

“Y al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardasen.” (Hch 16.4).

Evidentemente la máxima autoridad de la Iglesia y de las iglesias es Cristo, pero también es cierto que en la multitud de consejeros está la sabiduría y, como dicen los ingleses “dos cabezas piensan mejor que una”. Pero hay que tener en cuenta que este gran consejo de ancianos no era según la carne sino que se ceñían a Cristo como Cabeza y Señor de la Iglesia, a Su Palabra y siguiendo la guía del Espíritu hasta el punto en que consideraron que las decisiones tomadas provenían del Espíritu Santo, y al ser así debían ser recibidas de buena gana por cada iglesia.

“Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias” (Hch 15.28).

El mismo Señor considera a cada iglesia local sin pasar por alto a las demás. Un claro ejemplo lo tenemos en el libro de Apocalipsis.

Comienza el Señor hablando a cada una de las iglesias en particular:

“Escribe al ángel de la iglesia en Efeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto” (Ap 2.1).

En este caso se trata de la iglesia de Éfeso, sin embargo lo que le dice a Éfeso se lo dice a todas las iglesias. Veámoslo:

“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias…” (Ap 2.7).

Yerra quien piense que lo que Dios hable o lo que le suceda a tal o cual iglesia no es asunto suyo. Eso pensaban los corintios ¿Cuál era su pecado? ¡La arrogancia!

¿Por qué todas las iglesias de ese entonces tenían una doctrina y una liturgia común? Porque estaban entrelazadas entre sí a través de sus ministros. Si leemos Efesios 4, donde se habla de la unidad de la iglesia, podemos ver que los instrumentos que Dios usa para mantener unido a su pueblo eran los dones ministeriales concedidos por el Cristo resucitado.

“Así preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo hasta que todos lleguemos a estar unidos por la fe y el conocimiento del Hijo de Dios, y alcancemos la edad adulta, que corresponde a la plena madurez de Cristo.” (Ef 4.12-13 DHH).

Por aquel entonces las iglesias tenían hermanos que enviaban de diferentes lugares con el fin de recoger ofrendas para ayudar a otras:

“En cuanto a Tito, es mi compañero y colaborador para con vosotros; y en cuanto a nuestros hermanos, son mensajeros de las iglesias, y gloria de Cristo” (2 Co 8.23).

Cuando Dios apartaba a alguien para el sagrado ministerio, a pesar de que la iglesia local estaba involucrada en todo el proceso atestiguando que dicho candidato había sido capacitado por Dios, venían otros ministros para arroparle en su ordenación, encomendándolos a Dios por medio de la oración y la imposición de manos.

Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.” (Hch 13.2-3).

“No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio.” (1 Co 4.14).

Cuando hablamos del Presbiterio o “Consejo de ancianos” nos referimos a todas esas personas que Dios ha puesto al frente de las iglesias como gobernantes y pastores. De manera que para la iglesia primitiva, aunque el testimonio de la iglesia local era vital, no era suficiente si el candidato al ministerio no estaba arropado y reconocido por los demás ministros, no solo de la iglesia local sino de las iglesias vecinas.

La actitud de los corintios distaba mucho de la regla común de las iglesias de ese entonces. Su autosuficiencia y jactancia era tal que creían ser poseedores exclusivos de la Palabra de Dios. Esto les llevaba a pensar que no necesitaba a nadie más y que podían valerse por sí mismos actuando de una manera sectaria y partidista.

El apóstol Pablo se los reprocha al decirles:

“¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado?” (1 Co 14.36).

Son dos preguntas que dan mucho que decir acerca del carácter de los corintios. Sus pensamientos eran:

1º. Que la palabra de Dios había salido de ellos. Se consideraban por encima de todas las iglesias y no es de extrañar que consideraran que las demás eran falsas pues los únicos profetas verdaderos eran los suyos.

2º. Solamente a ellos ha llegado la palabra de Dios. No solamente tenían los oráculos de Dios de manera exclusiva sino que no aceptaban exhortaciones de nadie pues la Palabra de Dios no había salido de entre ellos hacia ningún sitio.

Era tal el hermetismo de esta iglesia que era realmente difícil tratar con ellos teniendo esta forma de pensar. Por esta forma independiente de actuar, sin tener en consideración que las demás iglesias también poseían la Palabra de Dios, su doctrina era diferente, no había un gobierno sólido y por tanto en lugar de seguir a sus pastores seguían a los más carismáticos, su liturgia era diferente a la de las demás iglesias, no había disciplina y por último al no haber unos ministros debidamente reconocidos que gobernaran la congregación y la alimentaran con su palabra la participación en el culto era libre y sumamente desordenada.

Todo esto era contrario a lo establecido por los apóstoles de nuestro Señor y contrario también a la práctica común de las iglesias. Eso es lo que trae que una iglesia sea completamente independiente, autosuficiente y exclusivista.


Bibliografía
[1] Vine, W.E., Diccionario Expositivo de Palabras del Nuevo Testamento, Editorial CLIE, Barcelona, 1984
[2] FORTES, J.L., Seminario Liturgia Cristiana, p.9

¿Cómo se debe cantar a Dios?


Pastor: Juan Sanabria Cruz

Al discutir la importancia de la música en la Biblia solemos enfocarnos hacia el papel del canto en la experiencia espiritual personal. Muy poco se ha dicho del ministerio musical realizado en La Biblia. Un breve examen del ministerio musical público de esos tiempos ofrece lecciones significativas para la música de la iglesia contemporánea.

Quiero hablar del canto para no utilizar los términos alabanza o adoración, pues estos actos no siempre incluyen un canto. El que canta a Dios le alaba y le adora pero no todo el que le alaba o le adora lo hace cantando. Este concepto de que alabar y adorar es cantar vino del cantante Marcos Witt quien supuestamente había recibido un llamamiento divino para renovar la alabanza en la iglesia (parece que los himnos tradicionales ya no servían) y de hecho ha conseguido su objetivo pues cada vez son más las iglesias que desconocen la historia de los himnos.

El concepto de Adoración-Alabanza fue promovido por Marcos Witt denominándolo Proyecto AA. Según sus enseñanzas la alabanza consistía en cantos de gozo y júbilo con ritmos acelerados, silbidos, gritos, danzas, etc., mientras que la adoración era más melódica y con más recogimiento.

A pesar del argumento del cantante no hay nada en Las Escrituras que respalden dicha teoría aunque bien es cierto que este diseño ha calado fuertemente en las formas de culto de las iglesias evangélicas, especialmente entre las iglesias de habla hispana. Pero al margen de lo que hacen las iglesias y de las enseñanzas de Marcos Witt ¿Qué enseñan Las Escrituras?

1. La Música En El Antiguo Testamento

Muchos de aquellos involucrados en el ministerio musical contemporáneo se basan en los distintos estilos de música del Antiguo Testamento para así "hacer la suya" propia. Piensan que la música producida por instrumentos de percusión y acompañada de baile era común en los servicios religiosos y por tanto, entienden que algunos estilos de música contemporánea y de baile son apropiados para los servicios de la iglesia de hoy.

Un estudio cuidadoso de la función de la música en el Antiguo Testamento revela algo distinto. Por ejemplo, en el Templo los músicos pertenecían al sacerdocio, de ahí que en la liturgia Reformada sean los Ministros de Culto los que guíen desde el púlpito el canto congregacional. Solo los Ministros de Culto están legitimados para orientar el canto desde el púlpito, aunque sea todo el pueblo el que deba cantar (1 Cr 16). Estos sacerdotes tocaban solo en limitadas y especiales ocasiones, y usaban solo unos pocos instrumentos musicales específicos.

No había ninguna posibilidad de convertir el servicio del Templo en un festival de música donde cualquier ritmo de entretenimiento secular se pudiese tocar en el culto. Debemos entender que en la música, como en todas las áreas de vida, Dios no nos da la licencia para "hacerlo a nuestra manera” ni “a la manera de las naciones paganas” sino como Él nos manda.

Dios sabía de antemano que su pueblo querría seguir el ejemplo del mundo para profanar una adoración que Él reclama como santa y solemne, pero sabiendo de antemano nuestras reacciones y la rebeldía de nuestros corazones nos dejó escritas estas palabras:

“Cuando Jehová tu Dios haya destruido delante de ti las naciones adonde tú vas para poseerlas, y las heredes, y habites en su tierra, guárdate que no tropieces yendo en pos de ellas, después que sean destruidas delante de ti; no preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servían aquellas naciones a sus dioses, yo también les serviré. No harás así a Jehová tu Dios; porque toda cosa abominable que Jehová aborrece, hicieron ellos a sus dioses; pues aun a sus hijos y a sus hijas quemaban en el fuego a sus dioses.32Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás.” (Dt 12.29-32).

Parece que estuviera hablando en el mismo s.XXI. Es como si nos dijera: Si veis el reggaetón no adoraréis conforme lo hace el mundo. Si veis el heavy no adorareis con música heavy. Si viereis el merengue no me adoraréis bailando merengue. En resumen, Dios no quiere que adoremos utilizando los ritmos y músicas de diversión popular para traerlas a su Casa, incluso aunque éstas no sean pecaminosas en su ámbito, pero nunca deben ser utilizadas para rendirle culto a Él.

Obsérvese que en este punto hablo de la Música en el Templo y no en el Tabernáculo ¿Por qué? Sencillamente porque Dios nunca dijo que se le adorase con música. Moisés, varón de Dios, fue quien recibió el encargo divino de todo lo relacionado al tabernáculo, pero nunca introdujo la música porque Dios directamente nunca lo ordenó. No aparecen textos bíblicos donde Dios mande a su pueblo a fabricar instrumentos para su adoración y por eso Moisés nunca añadió nada a las Palabras que Dios le había comunicado y en este sentido fue declarado un hombre fiel en todo el diseño de la casa de Dios.

“Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir” (He 3.5).

Sobre todas las cosas reveladas por Dios a Moisés, el mismo profeta dijo: “Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da. No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno.” (Dt 4.1-2).

Ahora bien ¿No había música en el tiempo de Moisés que se utilizara para adorar a Dios? La respuesta es sí. Su propia hermana Miriam tomó un pandero y animó al pueblo a festejar la derrota de los egipcios después de pasar el Mar Rojo, pero debe quedarnos constancia que fue un festejo popular y nacional sobre la derrota que Dios había traído sobre sus enemigos, pero esto no constituía para nada un diseño específico para Su Culto. De haber sido así lo hubiera revelado a Moisés en el diseño del Tabernáculo de reunión. Pero para decepción de alguno, que no le guste la forma que Dios ha establecido para que le adoren, he de decir que no lo instituyó. No me sería extraño que alguien pensara que Dios lo pasaría por alto como si esto fuese algo de poca importancia o que quizá se le olvidara decirlo, a lo cual contesto que al Dios de La Biblia nada se le pasa por alto, ni siquiera los bordados de las telas del Tabernáculo o el material y colores de las mismas.

Entonces ¿De quién vino la iniciativa de establecer un ministerio musical para la adoración a Jehová?

a.) La institución del Ministerio Musical.

El libro de Crónicas describe con considerables detalles cómo David organizó el ministerio musical entre los Levitas, organizado de manera que han sido rasgos de relevancia para la música contemporánea en las iglesias.

Sobre si tuvo la aprobación divina sobre esta iniciativa no existe ninguna palabra que diga lo contrario, aunque hay un texto del profeta Amós que ha despertado ciertas dudas.

“Duermen en camas de marfil, y reposan sobre sus lechos; y comen los corderos del rebaño, y los novillos de en medio del engordadero; gorjean al son de la flauta, e inventan instrumentos musicales, como David; beben vino en tazones, y se ungen con los ungüentos más preciosos; y no se afligen por el quebrantamiento de José. Por tanto, ahora irán a la cabeza de los que van a cautividad, y se acercará el duelo de los que se entregan a los placeres.” (Am 6.4-7).

Amós fue profeta en el Reino del Norte. Mientras ellos adoraban a otros dioses, en lugar de estar llorando su pecado, lo que hacían era gozarse en los deleites temporales, viviendo de manera lujosa e inventando instrumentos y cantando como si no pasara nada. Aquí, cuando Dios dice “inventan instrumentos musicales como David” no me parece que a Dios le disgustara que David inventara instrumentos sino que ellos se quisieran comparar a aquel hombre que según La Biblia era conforme al corazón de Dios.

Esta deducción la saco porque veo que, aunque Dios no dijera directamente a David que fabricara instrumentos y formara un ministerio musical, sí parece que por boca de otros profetas llegó a gozar de la aprobación divina.

“Puso también [Ezequías] levitas en la casa de Jehová con címbalos, salterios y arpas, conforme al mandamiento de David, de Gad vidente del rey, y del profeta Natán, porque aquel mandamiento procedía de Jehová por medio de sus profetas. Y los levitas estaban con los instrumentos de David, y los sacerdotes con trompetas.” (2 Cr 29.25-26).


b.) El Ministerio de los Músicos.

Para asegurar que no habría confusión o conflicto entre el ministerio de los sacrificios de los sacerdotes y el ministerio musical de los Levitas, David cuidadosamente delineó la posición, el rango, y alcance del ministerio de los músicos (1 Cr 23.25-31).

Ahora llegamos a un punto clave para aquellos que justifican la utilización de la música en la actualidad en la Iglesia utilizando como argumento los textos el A.T., que dicho sea de paso, parece que son los únicos que les gustan. La pregunta es: ¿Para qué estableció David este ministerio musical? La misma Palabra de Dios lo dice:

“Así que, conforme a las postreras palabras de David, se hizo la cuenta de los hijos de Leví de veinte años arriba. Y estaban bajo las órdenes de los hijos de Aarón para ministrar en la casa de Jehová, en los atrios, en las cámaras, y en la purificación de toda cosa santificada, y en la demás obra del ministerio de la casa de Dios. Asimismo para los panes de la proposición, para la flor de harina para el sacrificio, para las hojuelas sin levadura, para lo preparado en sartén, para lo tostado, y para toda medida y cuenta; y para asistir cada mañana todos los días a dar gracias y tributar alabanzas a Jehová, y asimismo por la tarde; y para ofrecer todos los holocaustos a Jehová los días de reposo, lunas nuevas y fiestas solemnes, según su número y de acuerdo con su rito, continuamente delante de Jehová; y para que tuviesen la guarda del tabernáculo de reunión, y la guarda del santuario, bajo las órdenes de los hijos de Aarón sus hermanos, en el ministerio de la casa de Jehová.” (1 Cr 23.27-32).

El contexto sugiere que los músicos estuvieran de pie en alguna parte delante del altar de bronce, ya que su participación musical coincidía con la presentación de la ofrenda quemada. El propósito de su ministerio era agradecer y alabar al Señor en base a los sacrificios de animales, los sábados, los días de luna nueva, las fiestas solemnes y todo en consonancia con estos ritos ceremoniales de la Ley abolidos con la venida de Cristo.

i.) Cristo abolió la Ley ceremonial:

“Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.” (Ef 2.14-16).

ii.) El apóstol Pablo dice que estas fiestas eran tipo de Cristo y que venido Cristo no deben observarse:

“Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o sábados, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo.” (Col 2.16-17).

Dicho clara y resumidamente. El ministerio musical era exclusivo del Tabernáculo, y posteriormente del Templo, para los sacrificios presentados durante el pacto de obras.

c.) Los Instrumentos musicales del Templo.

David "fabricó" los instrumentos musicales que serían usados para su ministerio (1 Cr 23.5; 2 Cr 7.6). Por esto es que se llaman "los instrumentos de David" (2 Cr 29.26-27). A las trompetas que el Señor había ordenado a través de Moisés, David agregó los címbalos, las liras, y el arpa (1 Cr 15.16; 16.5-6).

d.) Restricción en los Instrumentos musicales.

El rey David se mostró muy respetuoso al mandamiento dado por Moisés sobre no adorar a Dios conforme a las costumbres de los mundanos, por eso se hizo una selección de los instrumentos que se consideraban más apropiados para rendir culto a Dios, quedando fuera aquellos que eran considerados de contenido pagano o mundanal. Instrumentos como los tambores, el timbrel (una pandereta) y los pífanos se dejaron fuera del Templo porque estaban vistos como inapropiados. Este caso sirve para mostrar que había una distinción entre la música sagrada tocada dentro del Templo y la música secular tocada fuera.

Al prohibir los instrumentos y los estilos musicales, como la danza, asociados con el entretenimiento secular, el Señor le enseñó a Su pueblo a distinguir entre la música sagrada tocada en el Templo y la secular, música de entretenimiento utilizada en la vida social.

En cuanto a la danza del rey David hay que entender que fue una expresión de júbilo y humildad ante Dios pero que no constituía ninguna forma estructurada como para establecerla en el culto a Dios ¡Ni siquiera David lo hizo! Esta danza es mucho más sencilla de lo que nosotros pensamos. Fue un gozo espontáneo y personal que salió de su corazón y que expresó públicamente “por las calles de Jerusalén” pero no en el Tabernáculo.

El rey David fue recordado en Las Escrituras como el “dulce cantor de Israel”:

Estas son las palabras postreras de David.
Dijo David hijo de Isaí,
Dijo aquel varón que fue levantado en alto,
El ungido del Dios de Jacob,
El dulce cantor de Israel:
El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, Y su palabra ha estado en mi lengua”. (2 Sam 23.1-2)

A pesar de que el rey David introdujo diversos instrumentos musicales no se aprecia que su forma de cantar o que sus composiciones musicales desembocaran en una música estridente, de aquí que fuese recordado como un dulce cantor. Cantar a Dios con júbilo, pandero, instrumentos de cuerda o címbalo no implicaba un jolgorio mundanal sino que su melodía era suave, reverente y solemne, apropiada para adorar al Dios Todopoderoso. Esto lo confirman sus mismas composiciones donde dice que el canto a Dios debe ser suave:

“Bueno es alabarte, oh Jehová,
Y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo;
Anunciar por la mañana tu misericordia,
Y tu fidelidad cada noche,
En el decacordio y en el salterio,
En tono suave con el arpa.
Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras;
En las obras de tus manos me gozo.” (Sal 92.1-4).


Este salmo es un salmo de proclamación y exaltación cantado cada día de reposo entre el pueblo de Dios. Nos habla de anunciar, de alegrarse y gozarse, sin embargo nada de esto está reñido con la solemnidad que corresponde al culto ofrecido al Todopoderoso, por eso dice que a pesar de utilizar estos instrumentos y de sentir esta alegría debe tocarse en tono suave.

Es curioso que, en contra de lo que piensan algunos neófitos, los datos recabados hasta el día de hoy demuestren que a pesar de que el pueblo de Israel hacía uso de instrumentos musicales éstos apenas se percibían ya que se utilizaban pocos, de manera que lo que predominaba era la voz.

El Nuevo Diccionario Ilustrado dice al respecto:

La orquesta constaba de dos salterios como mínimo y de seis como máximo, nueve arpas como mínimo y su máximo sin límites, dos oboes (Flautas) como mínimo y doce como máximo, y un címbalo. El coro estaba compuesto por doce hombres como mínimo y su máximo sin límite. Los miembros, todos varones, debían tener como requisito entre treinta y cincuenta años de edad y cinco años de preparación musical.[1]

¿No es curioso que habiendo más de 2.000 hombres que componían el coro y que los adoradores eran miles solo se utilizaran unos pocos instrumentos? Había un solo címbalo, una especie de platillos, que constituía el instrumento más sonoro. No existían amplificadores ni altavoces como en la actualidad y eso que junto a los sacerdotes eran miles los que venían a adorar al Señor.

Esto debe de servir como enseñanza a las iglesias contemporáneas para que, basándose en la Escritura y no en la opinión particular de algunos que se creen sabios, se adore a Dios según los patrones establecidos por Él en su santa Palabra.

2. La Música En El Nuevo Testamento

En el N.T. todo es más sencillo porque la música no aparece en el culto cristiano. Algunos piensan que si la iglesia cristiana había tomado el molde de la sinagoga hebrea debía haber música en dichas reuniones. Esto carece de argumento, porque si la sinagoga surge en la cautividad babilónica después de la destrucción del Templo, difícilmente se podían tocar instrumentos sin haber sacrificios. Es más, los judíos sustituyeron los sacrificios por la oración y estando en el cautiverio tampoco podían cantar porque se sentían enlutados. El salmo 137 es un claro ejemplo de lo que estamos hablando:

“Junto a los ríos de Babilonia,
Allí nos sentábamos, y aun llorábamos,
Acordándonos de Sion.
Sobre los sauces en medio de ella
Colgamos nuestras arpas.
Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos,
Y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo:
Cantadnos algunos de los cánticos de Sion.
¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra de extraños?
Si me olvidare de ti, oh Jerusalén,
Pierda mi diestra su destreza.” (vv. 1-5).


Con esto queda demostrado que en la sinagoga el canto no era algo usual y mucho menos con instrumentos musicales, solo se utilizaba la voz.

Lo que sí encontramos en el N.T. son tres requisitos para el canto congregacional.


a.) Cantaré con el espíritu (1 Co 14.15 b)

Jesús dijo que el Padre busca adoradores que le adoren en Espíritu (Jn 4.24). Dios no recibe ninguna adoración ni forma de adoración que provenga puramente del ser humano. Las actitudes humanas, la pecaminosidad de nuestra naturaleza, nuestras formas no valen para Dios. Solo llega a Dios lo que proviene de Él. El Espíritu Santo fue enviado del cielo para auxiliar a la iglesia en todo su servicio a Dios y lo que no provenga del Espíritu Santo no tiene aceptación Divina. El Espíritu es quien guía nuestro canto y lo eleva hasta el Trono de la Gracia para que sean aceptables a Dios. El apóstol Pablo escribe:

“Porque nosotros somos la circuncisión, los que en Espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne.” (Fil 3.3)

Nuestro servicio cristiano nunca es aceptable a Dios cuando procede del esfuerzo humano sino cuando es conducido por el Espíritu del Señor.

Algo muy importante que añadir a este comentario es ver que en el Nuevo Pacto la parte del ser humano que alaba y adora a Dios no es el cuerpo sino “el espíritu”. No aparecen frases como cantad con arpas, o con liras, o con panderos, sino cantad con el espíritu. Los aspectos externos del Antiguo Pacto para el canto a Dios son minimizados de tal manera que lo único que debe alabar a Dios es el espíritu. Cuando hablamos del espíritu hablamos del hombre interno, no el externo, lo que también el apóstol Pablo llama el corazón (Ef 5.19) y es por eso que, a diferencia del antiguo pacto, en la iglesia cristiana no se hace mención de instrumentos, palmadas, saltos, danzas, etc. La adoración a Dios es netamente espiritual. El único instrumento y las únicas cuerdas que se mencionan son las cuerdas vocales de la voz humana fabricadas por Dios para alabanza de su gloria.


b.) Cantaré con el entendimiento (1 Co 14.15 b)

El segundo requisito coincide también con lo dicho por Jesús sobre que debemos adorar en verdad. Debemos adorar a Dios conforme a la Verdad de Su Palabra (Jn 17.17) y como Él quiere que le adoremos, con plena conciencia de lo que estamos cantando y expresando. La mujer samaritana adoraba pero no conforme a la verdad y al entendimiento, por eso Cristo le dijo “vosotros adoráis lo que no sabéis” (Jn 4.22). El salmista dijo “cantad con inteligencia” (Sal 47.7).

Por desgracia la adoración a Dios a caído tan bajo en este tiempo que todo se reduce a un culto puramente sensacionalista sin importar las verdades que se exponen en la Palabra de Dios, sin embargo el apóstol Pablo dice que nuestro culto a Dios, aún siendo espiritual, viene por la vía del raciocinio.

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.” (Ro 12.1).

Es sumamente importante ser conscientes ante Quién estamos y qué es lo que estamos diciendo. Que podamos cantar con el espíritu y con una mente espiritual de manera que seamos edificados y que también los que escuchan puedan entender lo que se canta (me refiero a los de “afuera” que nos visitan). ¡A cuántas personas no ha tocado Dios con un canto y les ha traído a sus pies! Los espectáculos que vemos hoy parece cualquier cosa menos iglesia, ni siquiera tienen que ver con La Palabra de Dios, así que el impío, que siga obrando impíamente y que lo santo se santifique aún más.


c.) Cantar la Palabra de Dios

Hay muchos cantos que están basados en testimonios y experiencias personales que se cantan en las iglesias, pero que aunque no sean malos en sí mismos no es lo que se debe cantar en un culto a Dios. Antes decía que Dios solo recibía lo que procede de Él y la alabanza tiene que proceder igualmente de Él. El canto tiene que contener Su Palabra porque quien canta edifica a los que les escuchan y quien preside el culto, como Ministro de Dios, exhorta y enseña cantando la Palabra de Dios. Esto fue lo que quiso decir el apóstol Pablo cuando escribió a los colosenses:

La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.” (Col 3.16).

En base al texto leído muchos creen en la libre participación y que cualquiera puede pasar al púlpito para hablar la Palabra de Dios, bien enseñando o bien exhortando, pero eso no es lo que dice el texto. El ministerio de la enseñanza ante la iglesia reunida es tarea exclusivamente pastoral (1 Tim 5.17; Tit 1.7-9). La manera en que los hermanos se enseñan y exhortan unos a otros es, según el texto leído, no a través de predicaciones sino a través del contenido de las letras que contienen los himnos, cantos y salmos. Cuando toda la congregación canta un himno donde se nos exhorta a orar o donde se nos enseñe que solo en la sangre de Jesús hay perdón estaremos enseñándonos y exhortándonos mutuamente, cantando y escuchando a la misma vez. Pero ¿A qué se refiere el apóstol Pablo cuando menciona por separado salmos, himnos y cánticos espirituales?

El Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado arroja luz sobre el tema y comenta:

El N.T. habla de tres géneros de cánticos: Los salmos, los himnos y los cánticos espirituales (Ef 5.19; Col 3.16). Después de la Cena de la Pascua, la noche en que fue entregado (Mt 26.30), Cristo y sus discípulos cantaron “el himno”, indudablemente el Hallel, que comprende los salmos 113-118. El nombre Hallel procede del término heb. traducido al castellano por Aleluya (“alabad a Jehová”). Los judíos cantaban el Hallel durante la celebración de la Pascua.[2]

Creo que es necesario decir que la palabra salmo proviene del griego psalmo, que significa cantar y que a su vez viene del vocablo psalo que significa rasgar algún instrumento, muy probablemente el salterio. Pero para los hebreos el libro conocido en la Septuaginta como Salmos, en hebreo es “Tehillim” que se traduce como Himnos. También eran considerados himnos aquellos salmos que aparecen en nuestras Biblias con el nombre hebreo de “Masquil” que se traduce como instrucción o enseñanza. Entre estos salmos están el 32, 42, 44, 45, 52, 53, 54, 55, 74, 78, 88, 89 y 142. Posteriormente la iglesia cristiana añadió Jn 1.1-18; Ro 11.33-36; Flp 2.5-11; 1 Tim 3.16; Ap 15.3-4.

Entre los cánticos más conocidos están el de Moisés (Ex 15), el de Débora (Jue 5), y el de Ana madre de Samuel (1 Sam 2). Posteriormente fueron añadidos a la iglesia cristiana el cántico de María conocido como el Magnificat (Lc 1.46-55), el de Zacarías, padre de Juan el Bautista, conocido como el Benedictus (Lc 1.68-79), el Gloria in excelsus cantado por los ángeles al nacer Cristo (Lc 2.14) y el Nunc Dimittis (despide ahora) cantado por Simeón cuando vio a Jesús (Lc 2.28-32).


Concluyendo este punto he de decir que hay que cantar la Palabra de Cristo, sus bienaventuranzas, sus enseñanzas, sus exhortaciones, sobre su obra en la cruz y su resurrección, con gracia y desde nuestros corazones para que seamos henchidos del Espíritu Santo. Cantar los salmos compuestos por cantos e himnos de contenido espiritual profundo porque “Jehová es digno de suprema alabanza” (Sal 145.3). El canto congregacional debe reforzar la enseñanza y proclamación de la Palabra de Dios, nunca relegarla ni hacer que las mentes de los presentes se olviden de ella. No son pocos a los que les gusta cantar y cantar pero que cuando llega la exposición de la Palabra de Dios empiezan a incomodarse porque les parece un fastidio, lo cual no es sino una demostración de cuán lejos está su corazón de Dios, aunque luego con sus labios le honren.


d.) Cantar unánimes a Dios

El apóstol Pablo habló de aquellos que tenían cualidades y dones especiales para el canto y por eso dijo que cuando la iglesia se reunía había quienes traían salmos:

“¿Qué significa esto hermanos? Que cuando os reunís cada uno de vosotros tiene un salmo, o una enseñanza, o una revelación o una lengua o una interpretación. Hágase todo para edificación” (1 Co 14.26).

Esto de “cada uno” no significa que todos tuvieran salmos, doctrinas, lenguas, etc., sino que cada cual edificaba a la iglesia según el don recibido y entre estas gracias estaba la del canto.

No podemos negar que hay hermanos/as que tienen mayor capacidad dada por Dios para el canto pero se han de observar algunos principios fundamentales, a saber:

i.) Que el canto no va dirigido hacia la iglesia como quien actúa para ser escuchado. La plataforma, púlpito o altar, como llaman algunos, no es un lugar de actuación musical sino un lugar sagrado ocupado solo por el Ministro para la dirección del culto y exposición de la Palabra de Dios.

ii.) Que los que tienen dicha gracia deben cantar desde y con la iglesia hacia Dios.

iii.) Que toda la iglesia debe participar del canto para que a una sola voz se glorifique al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (Ro 15.5-6).


* Conclusión

Como hemos podido ver, no encontramos ningún texto en La Escritura donde Dios prohíba los instrumentos musicales. Por el contrario sí vemos que la música aparece en la Biblia pero solo en el A.T.

Sobre si se debe o no utilizar música en la iglesia pienso que primero debemos observar estos cuatro últimos puntos que he expuesto: Cantar con el espíritu, cantar con el entendimiento, cantar la Palabra de Dios y cantar a Dios con y desde la congregación.

A mi parecer lo que debe evitarse en la iglesia es todo tipo de instrumento y ritmo que pueda identificarnos con algún sector de la sociedad especialmente de carácter marginal y/o de contenido rebelde. Hay músicas y ritmos que se abrazan con ciertas formas de vestir y ciertos comportamientos que no son del agrado de Dios.

Si han de introducirse instrumentos en el canto congregacional deben ser para acompañar a la voz humana, no para asfixiarla, que inspire reverencia y temor hacia el Todopoderoso y que no sea de atracción para el mundo por su ritmo, pues solo Dios, y no nuestra música, hará que sus escogidos se añadan a Su Iglesia.


[1] NELSON, W. M., Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, Ed. Caribe, USA, 1998, p. 769
[2] VILA-ESCUAIN, Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado, Ed. CLIE, Barcelona, 1985, p. 495